martes 30 noviembre 2021

La visita familiar

Teo Carpena
Historias y leyendas de un hombre y su perro, que busca en los recuerdos su identidad. Teo Carpena emigró con su familia a Francia, después de la jubilación vuelve a Yecla y junto a varios amigos recompone su historia.
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Aunque a veces me vuelven loco porque generan demasiado ruido, mucha bulla, hablan continuamente y escuchan músicas estridentes, me gusta tenerlos cerca de vez en cuando, pero tantos abrazos con muestras de afecto me empalagan. Soy un hombre de conversaciones reposadas y de carácter tranquilo, disfruto en la soledad y el silencio lo paladeo con regusto. La familia te viene impuesta y yo no me quejo en exceso de la mía, podría ser peor. Dos hermanas, dos cuñados y dos sobrinos, esa es la familia que me queda.

Mis cuñados no hablan español, cosa lógica siendo franceses, pero eso de cervecita fresca, paella, siesta y los tacos más conocidos y malsonantes, lo manejan a la perfección; mis sobrinos son bilingües y hablan continuamente y en los dos idiomas. Cuando mi cuñado mayor ronca, parece que Zeus arrastrara un armario de roble de tres cuerpos desde el Olimpo. En la casa, hasta los cimientos retumbaban. Han sido mis huéspedes durante una semana.

El roncador es un estafermo: se levanta a mesa puesta, no tiene límite con las cervezas y se pega unas siestas en el sofá con tales ronquidos que Saturno, que es un perro sensible, se va a la casa del vecino y la gata maúlla desesperada y se esconde debajo de nuestra cama. He dicho a mi hermana que a ese mastuerzo hay que ponerle un silenciador y nos reímos de la palabra mastuerzo porque era una de las que utilizaba nuestra madre con frecuencia.

Mi sobrina, que es una francesita fina, las tiene dobladas con su padre, pero él que es bruto como un gorila se ríe y sigue a los suyo.

Mi sobrino André que ahora vive en Escocia, al llegar se pasó toda una tarde pisoteando bancales y gritando: «¡Por fin tierra seca!». Mi hermana Jeanne, su madre, se llevaba las manos a la cabeza diciendo que su hijo se había vuelto majara. Mi hermana Sophie, que es violonchelista en la Orquesta Nacional Francesa y está acostumbrada a pisar suelo pulido o moqueta, asegura que caminar por caminos de tierra le produce agorafobia, así que toda la semana ha ido del coche a la casa y de la casa al coche; consintió dar una vuelta por el pueblo, pero fue protestando todo el rato por el calor y por las cuestas.

Los cuñados transitan medio dormidos y pegados a la sangría y a la cerveza. Mi hermana pequeña y mi sobrina Alice dormitan en el porche después de desayunar y, a media mañana, André con su saxofón y Shopie con su violonchelo estudian haciendo escalas. Insoportable.

Mi otro cuñado, David, que es filósofo, duerme como una marmota y está siempre en las nubes, menos cuando huele la comida u oye el tintinear de las copas. Ana dice que no tengo paciencia y, como cuando eran niñas, Jeanne y ella se pasan el día de cháchara o riendo. Llevo hechas cuatro paellas, dos asados de cordero, veinte ensaladas y tres baldes de moje murciano; cuanto más hago, más comen. Las sandías las compraba por docenas. “Tragaldabas”, llamo a David y él, riéndose, me responde: «¡Cuñado simpático, viva España!»

El último día, mis hermanas y mis sobrinos fueron a llevar flores a la Virgen; no entendí ese alarde de yeclanía, pero dicen que mi madre lo habría querido así y claro, con ese argumento me desarmaron.

Cuando se han ido he besado el suelo como hacían Juan Pablo II al llegar a un país y bajar del avión. Yo he besado el suelo jurando no volver a juntarles a todos otra vez en mi casa.

Saturno hoy duerme como un león ocioso en la sabana; Alba ronronea todo el rato tumbada en el sofá y  Ana dice que ya los echa de menos. ¡Por Dios, pero si ha sido un suplicio! Las visitas cuando vienen dan mucha alegría y regusto cuando se van y si son familiares mucho más. Así lo decía mi madre y no le faltaba razón.

Esta semana me la han salvado Salvador y Ana que son unos anfitriones estupendos, yo alargaba mis paseos al atardecer, y por las mañanas en cuanto veía el hocico de mi cuñado aparecer, cogía la correa y Saturno y yo nos peleábamos para ver quién salía a la calle el primero.

Las lluvias de septiembre arrastraron toda la resaca veraniega y la rutina y el silencio llenan de nuevo nuestra casa. ¡Que paz!


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