lunes 06 diciembre 2021

Visita de amigos: Whisky river

Teo Carpena
Historias y leyendas de un hombre y su perro, que busca en los recuerdos su identidad. Teo Carpena emigró con su familia a Francia, después de la jubilación vuelve a Yecla y junto a varios amigos recompone su historia.
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Whisky river. Así llamamos a la reunión anual de amigos; se debe a una canción de Willie Nelson. Siempre suelen ser cerca de un río, pero este año ha sido de secano; ni siquiera tengo piscina. Whisky en abundancia, cerveza bien fría, vino intenso y música blues; ha sido un fin de semana estupendo y sin ningún pesado sermoneando.

Nos incomodan las ocurrencias vulgares, el ruido por el ruido y nos aburren las gentes de bien. Este año hemos asistido dos españoles, cuatro franceses y un británico.

Nos alimentamos los tres días a base de arroz con conejo, caracoles a la brasa que han traído los franceses y unos chuletones que trajo Ken de una ganadería gallega. Para desengrasar, hemos acabado con los tomates y los alpicoces de mi huerto. Cada uno tiene una especialidad: de las carnes a la brasa y del whisky se encarga el británico; de los arroces y de las ensaladas, un servidor; los franceses se ocupan del queso y de que las copas estén siempre llenas. Trajeron varias cajas de vinos franceses; conocen mis preferencias y siempre aciertan.

Salvador trajo un buen vino yeclano y dijo que él ponía las ganas de comer. Todos mis amigos le adoran, ha sido nuestro invitado ilustre este año. Caminar, lo que se dice caminar, no ha sido nuestra mayor actividad. Eso sí, las sesiones de blues del bueno han sido memorables y las copas solo descansaban mientras dormíamos la mona.

Somos un grupo cerrado, pero cada año admitimos a un invitado, si bien tenemos tres normas indispensables a cumplir en nuestro encuentro anual: No pueden asistir como invitadas nuestras parejas, pero Alexandre vino con su novio y lo amonestamos. Aun así, recibimos al intruso como a uno más y le asignamos la obligación de fregar todos los días; a él le hizo gracia y aceptó sin rechistar. Se llama Philippe, pero le apodamos Richelieu, nos recordaba al famoso cardenal y continuamente le hacíamos reverencias y el tío muy metido en su papel se ha dedicado los tres días a repartir vino y bendiciones en la misma proporción.

La segunda condición es muy importante: que nunca aparezcan niños por donde estamos nosotros; estos nos parecen personas a medio hacer, lloran, no pueden beber alcohol e interrumpen continuamente. Salvador quería traer a su nieto, pero le dijimos que si lo traía tenía que ser metido en una jaula. Desistió.

Y la tercera es una norma sin la cual no se puede pertenecer a nuestro grupo: El mal debe ser el primer impulso a la hora de decidir cualquier cosa; no somos satánicos, pero pensar mal y hacer el mal es nuestra consigna. Creemos que el mal es el que domina el mundo y además es la única salvación para sobrevivir como especie.

Hace años que los encuentros se han vuelto más tranquilos, antes éramos capaces de aguantar una semana y nuestra máxima era coquetear con todo lo prohibido; ahora nuestros cuerpos son los que imponen los límites. Somos conscientes que de alargar un día más la reunión nos haría acabar en el hospital. Y hay maldades que ya no somos capaces de ejecutar…

El último día decidí llevarles al monte Arabí; creo que se fueron deslumbrados y deslomados, todo el camino andaban quejándose: «¡Que no tenemos edad para excursiones, monsieur Teodoro!», me decían, pero Salvador los manejaba como si fuese un sargento de infantería.

—¡Haraganes, venga, que la resaca os paraliza las piernas; gandules, uno, dos, uno, dos…!

El británico es el más joven y el que encabezaba la excursión, caminaba canturreando. Los demás no han estado sobrios en todo el fin de semana y caminaban a trompicones.

Estoy aireando la casa, huele a sudor, a fritanga y a marihuana. El perro ha pasado el fin de semana zascandileando por los bancales cercanos y durmiendo en el garaje; no soporta tanto desmadre.

Estas semanas he caminado con gentes de diferentes nacionalidades y todos lo hacen con torpeza; unos parece que tienen prisa, otros hablan continuamente y casi todos levantan una polseguera asfixiante arrastrando los pies. Todos menos Ken, que a pesar de ser londinense y muy alto no remueve ni una brizna de polvo.

 Ha empezado la vendimia, los caminos empiezan a oler a mosto, por fin acabaron las visitas y el verano. Saturno y yo caminamos ahora con más sosiego, cada uno a lo suyo, nos gusta el silencio.


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Teo Carpena
Historias y leyendas de un hombre y su perro, que busca en los recuerdos su identidad. Teo Carpena emigró con su familia a Francia, después de la jubilación vuelve a Yecla y junto a varios amigos recompone su historia.
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