Nació Leire Garmendia Carpena un día caluroso y florido. Vio la primera luz de su vida bajo un cielo africano el 15 de mayo cuando, en Yecla, se preparaban las carrozas y la cabalgata de las fiestas de San Isidro. Ese mismo día, en Madrid, en la Pradera de San Isidro organizaron una misa multitudinaria en honor al santo. Madrid Río se llenó de mantones, pañoletas, parpusas y claveles. En la plaza de Las Ventas se colgaba el cartel de «no hay billetes» para la 7.ª corrida de la feria taurina más importante del mundo; pero todo eso no son más que simples rituales repetidos durante años y convertidos en tradición, lo importante se desarrollaba en dos escenarios muy alejados uno de otro: el primero, en un hospital africano, y el otro, en una plataforma al otro lado de la Luna.
A Laura le habría gustado parir en Yecla; el padre hubiera preferido tener una hija vasca nacida en Tolosa, pero el destino de esta familia es caprichoso.
A la niña la bautizaron con el nombre de Leire, igual que la madre de Iñaki, en una pequeña parroquia de Lusaka, donde sonaron cantos espirituales interpretados por un grupo coral de más de cien personas; tambores y hasta guitarras españolas acompañaron la ceremonia. Una lluvia de pétalos blancos cubría la pila bautismal. Acudió todo el barrio con sus mejores vestidos; el sacerdote, emocionado, dijo unas palabras en euskera y el padrino fue el alcalde de la ciudad.
A la mañana siguiente llegaron unas mujeres elegantísimas con la piel del color del Rey Mago Baltasar para dar la bienvenida a la recién nacida y felicitar a la madre. Eran tres: la primera, modista y diseñadora; la segunda, diplomática y bailarina, y la tercera, ilusionista y cantante.
Para Leire trajeron una cuna de marfil, un sonajero con semillas de calabaza y un peluche de león enorme.
Le cantaron a la niña una nana tradicional e inundaron el cuarto con sus agradables perfumes. A la madre le entregaron una rama de buganvilla llena de flores rosas, una pantalla donde podrá conversar con su amado astronauta y un vestido de chitenge de colores vibrantes para festejar su maternidad.
Al día siguiente aterrizó un artilugio volador parecido a un águila gigante y de él descendió nuestro héroe. En una sala de espera blanquísima y acogedora, se reunieron por fin los amantes y su niña, y lo que allí ocurrió no es necesario contar.
Los tres vestían trajes espaciales de colorines.
Iñaki ha sido nombrado comandante general para asuntos espaciales de… eso tampoco lo puedo contar.
La NASA ha declarado a Iñaki persona non grata y ha emitido una orden de búsqueda y captura: «vivo o muerto», dice el mandato, acusándolo de espía y de traidor.
El comodoro galáctico vasco ha visto expediciones chinas, norteamericanas, rusas o europeas vigilando el universo creyéndose superiores y nunca fueron capaces de ver las naves africanas ni Andrómeda IV viajando de incógnito y al servicio de una gran causa.
Los de Artemis II hicieron un viaje ridículo, iban obsesionados con crear imágenes y transmitir mensajes estúpidos a la Tierra y no fueron capaces de ver naves pegadas a ellos vigilando lo que hacían. Fotografiaban la cara oculta de la Luna, pero no fueron capaces de desvelar que el satélite es una roca deslumbrante que solo sirve para confundir a los ingenuos terrícolas, a los poetas y a los aficionados a la astrología.
En la Luna no hay ningún secreto que descubrir; un poco más allá, sí, pero hay que saber buscar. Los humanos son como las hurracas, solo ven aquello que emite brillo; no tienen la retina adiestrada para ver lo que acontece en las sombras.
















