Los amantes romanos

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los amantes romanos
No somos nadie. Juan Miguel Ortuño

Llevo un ramo de margaritas silvestres. Sé que le gustaban; decía que las flores silvestres de ribazos o de orillas de caminos representaban mejor la esencia de la naturaleza. Traigo también una ramita de romero; él llevaba siempre una en el bolsillo.

He tenido que ir a las oficinas de la Iglesia para pedir información sobre el nicho que voy a visitar. Me ha costado bastante encontrarlo en la maraña de calles de este triste cementerio. Los de Francia son alegres, parecen jardines; este parece una cárcel y te sientes vigilado. Siempre hay alguien de negro mirando de reojo.

Este nicho encierra el cuerpo de una persona que fue muy importante en mi juventud: el tío Basilio.

En la foto de porcelana de su lápida su mirada resulta fría, su gesto serio. En los pequeños ojos no se aprecia la picardía que irradiaba al hablar; me parece todo un poco falso y sé que allí solo reposa su cuerpo. Cuando eres adolescente y un adulto te ayuda a comprender el mundo, ya nunca lo puedes olvidar. Quería agradecerle todos sus consejos de manera íntima.

No he podido evitar recordar su voz y su manera serena de contar historias.

Siempre me decía que había pedido a sus sobrinos que lo enterraran con unos zapatos cómodos, que tenía los pies muy delicados y caminar por la eternidad con zapatos que le rozaran sería toda una tortura, y lo mas importante, quería  que le metieran el pasaporte en el bolsillo interno de la chaqueta, por si acaso a donde iba también existían aduanas. “Los sobrinos se ríen de mí”, me decía.

—Ya sabes que un hombre documentado vale por dos, que eso de la eternidad no se sabe cómo funciona. ¿Cómo puedes confirmar que eres quien dices ser? —A mí esa idea me hacía mucha gracia, le daba la razón y nos reíamos a gusto.

Estaba rememorando sus palabras cuando un grupo de charlatanas me han interrumpido; visitaban un nicho cercano y se han puesto a cotillear sobre algunas fotos cercanas y una, la más gritona, me saludó.

—Buenas tardes

—Bonsoir —contesté seco, cortante y en francés para no sentar precedente. En Yecla, después del saludo siempre te lanzan una pregunta.

—Chica, mira, aquí está enterrá la Marcelina. ¿Te acuerdas de ella? Mira que era tonta y presumida.

Y otra contestaba:

—Tonta de las narices, que pensaba que era guapa y rica y era más fea que un demonio y un poco casquivana.

Y la última:

—Ay chica, no digáis esas cosas, que la pobrecica ya está muerta.

—¿Pobrecica? Menuda lagarta era, que a mi marido se lo quiso trajinar cuando…

Me largué de allí y las oí cuchichear: “Este es el franchute amargao, dicen que es viudo”; y bajando la voz, pero no lo suficiente, escuché a otra: “Dice mi sobrino que tiene el carácter avinagrao”.

Nunca pude contar a Basilio el desenlace de la historia con Isabelle y la consulta a la tierra que él me aconsejó. Delante de la foto de porcelana sentía vergüenza: aquel Basilio de mirada fija no reflejaba la vitalidad y la simpatía de mi amigo. Y decidí recordarle dando una vuelta por el campo. Sé de sobra, y lo aprendí de mi madre, que los muertos entienden nuestros mensajes cuando los recordamos porque les insuflamos vida con nuestra memoria.

Cuando Isabelle aparecía cerca de mí, una niebla densa invadía el espacio. Un día, no sé cómo, llegó y se sentó a mi lado. La niebla se volvió oscuridad, pero le sonreí; era una clase sobre el Imperio Romano. Los oídos se me taponaron y solo escuchaba algunas palabras sueltas. Puentes, calzadas, piedras, centuria, arcos, senadores, República…  así, con sordina y separadas no me decían nada, todas me llevaban a mi consulta con la tierra, y sabiendo que la tierra había confirmado el veredicto de nuestro amor, se me aflojaba el cuerpo y temblaba.

De manera misteriosa salí ileso de aquel trance, y al final de la jornada de clases salimos juntos camino de nuestras casas. Me dijo que estaba asistiendo a clases de  español y me preguntó si me apetecía practicar con ella. En ese momento, le habría contestado que me apetecía practicar otra cosa, pero por timidez y discreción callé, sonreí y le dije que sí entusiasmado.

Eso de la práctica de español resultó ser la fórmula perfecta para acostumbrarme a su presencia y varias semanas más tarde estábamos besándonos en su habitación, practicando los besos hispano-franceses. Fue ella la que llevó la iniciativa todo el tiempo y eso allanó el camino de nuestro idilio.

Yo conocía muy bien el perfume de muchas flores y de muchas esencias, pero el olor de mi amada era distinto. No me recordaba a ningún otro olor y a mí se me revolucionaban todas las células del cuerpo cuando olía su pelo. Sus besos me acompañaron un tiempo y éramos conocidos en el liceo como los “amantes romanos”. Isabelle contaba a sus amigas que nuestro flechazo empezó en una clase sobre el Imperio Romano.¡Cómo le habría gustado esta historia al tío Basilio!

Veo acercarse al grupo de cotorras, una de ellas me pregunta desde lejos:

—¿Es usted Teodoro?

—Mi no comprender, au revoir.  —Y huí todo lo rápido que pude. El contacto con este tipo de personajes me produce urticaria.


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