La tierra lo sabe todo

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isabelle teo carpena tierra
Foto: Juan Miguel Ortuño

El primer amor te asalta como un bandolero en un callejón oscuro, por sorpresa, sin tiempo a reaccionar. Quedas atrapado ante unos ojos que te provocan sensaciones  contradictorias.

Sientes una necesidad acuciante de ir hacia el fuego de su mirada y de quemarte vivo; pero al rato, huyes porque no eres dueño de tus pensamientos. En ese estado angustioso me encontró Basilio durante la vendimia de 1965 y me desveló cosas que me sirvieron para desentrañar mi angustia. No fue necesario que le contara nada; al encontrarnos me miró de frente y comprendió.

—Si deseamos con mucha insistencia algo, acabamos cayendo en la ansiedad; y esta nos aleja de lo que queremos.

En aquel entonces, yo estaba deslumbrado ciegamente por Isabelle y puse todos mis sentidos y mi atención en sus palabras, porque mi ansiedad iba creciendo cada día más.

—Pero hay que tener cuidado con lo que se desea, porque lo podemos alcanzar y entonces arrepentirnos; por eso, lo mejor es que la tierra nos ayude a decidir

—¿La tierra?

—Espera y entenderás. También cuando tenemos dudas y debemos tomar una decisión y no nos atrevemos, acabamos paralizados —continuó, mientras movía los ojos vigilando que nadie nos escuchara

—Para todo eso tengo una técnica infalible que aprendí de mi abuelo y él del suyo. Es una costumbre que mantenemos en mi familia desde hace generaciones, desde la época de los romanos. —Consiguió captar mi atención de manera hipnotizante.

—¡Tiene que ver con la magia y con la tierra!

—Me interesa —dije emocionado. Magia, romanos y tierra, la cosa prometía.

—Lo sabía. Escucha atentamente: debes escribir en una hoja de papel tu preocupación o el nombre de tu deseada y después buscar un lugar secreto en el campo, un sitio que no sea muy transitable y que recuerdes con facilidad. Haces un hueco poco profundo en el terreno, colocas el papel y lo cubres con un poco de tierra, lo suficiente como para que no le dé la luz. Y cuando la hoja desplegada esté oculta, colocas encima una piedra. A los diez días vuelves, quitas la piedra, la dejas a un lado y desentierras el papel; tendrá manchas, agujeros y humedades, fíjate en lo que se pueda leer con claridad; lo que esté borroso o manchado lo descartas y en lo que quede escrito tendrás la respuesta. Si es un deseo amoroso, solo tienes que ver si sigue escrito el nombre de la persona amada.

Parecía que me estaba leyendo el pensamiento

—La tierra es sabia; ella está aquí antes que nosotros y seguirá aquí cuando muramos y volvamos a ella, por eso sabe lo que nos conviene.

No pude articular palabra alguna y en mi memoria sonaba repetidamente como una letanía, Isabelle, Isabelle, Isabelle. Nos levantamos para despedirnos y antes de alejarme me advirtió:

—No debes contarle a nadie lo que has pedido a la tierra, ella es celosa. Y no debes pedir nunca nada material. Eso ya lo da diariamente la tierra con las cosechas.

¡Isabelle! Solo pensar en ella se me turbaba el pensamiento. Hablé alguna vez con ella, pero me ponía tan nervioso que parecía un idiota y no atinaba con las palabras adecuadas. La transparencia de sus ojos verdes me mareaba. Decidí llevar a la práctica el experimento aconsejado por el tío Basilio; escribí su nombre en un pequeño papel, me fui una tarde al pinar cercano a nuestra casa sin que me viera nadie y enterré el papel como era costumbre desde los romanos en su familia. Estaba seguro de que la tierra me sacaría de ese estado de incertidumbre.

Éramos compañeros en el College y la veía cada día y yo cada día sufría un suplicio para que no se enterara nadie de mi enamoramiento. Me sudaban las manos, se me aceleraba el corazón y a veces me faltaba el aire; en esa época me gané la bien merecida fama de despistado.

Diez días mas tarde volví al pinar, quité la piedra, aparté la tierra con cuidado y quité la suciedad del papel y descubrí con tristeza que la zona donde había escrito el nombre de mi amada estaba comido por algún gusano. Al principio lloré, la tierra me pedía que olvidara aquellos ojos marinos. Al rato sentí alivio, ya no tenía dudas de si tenía o no que declararle mi amor. A partir de ese momento empecé a ignorarla, pero fue peor, porque entonces soñaba con ella y a pesar de no querer mirarla, ella me saludaba amablemente y me sonreía y con esa sonrisa se me aflojaban todos los músculos del cuerpo y tartamudeaba.

 Entonces decidí repetir la consulta a la tierra y volví con otro papel. Esta vez mas grande y con el nombre de Isabelle escrito con tinta roja y remarcando cada una de las letras.

A los diez días, como si fuese el acontecimiento más importante de mi existencia decidí volver. Madrugué; era domingo, estaba amaneciendo, solo se escuchaba a lo lejos el fluir del río bajo el puente. Me arrodillé frente a la piedra que ocultaba mi secreto y siguiendo el ritual aconsejado desenterré el papel. ¡Isabelle! Su nombre estaba claro, en letras rojísimas, más intensas de cómo las recordaba, o eso me pareció. El papel estaba algo manchado, pero las letras de mi amada estaban bien definidas y brillantes, de un rojo fuego. ¡La tierra me daba una segunda oportunidad, confirmaba que mi amor era posible! Corrí por el campo loco de alegría y grité su nombre a los caminos.


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