El vapeo se ha extendido con enorme rapidez, especialmente entre jóvenes y personas que buscan una alternativa al cigarrillo tradicional. Sin embargo, la creciente popularidad de estos dispositivos no significa que sean seguros. Al contrario, las investigaciones realizadas durante los últimos años están permitiendo conocer mejor unos riesgos que durante mucho tiempo quedaron en segundo plano.
Mientras disminuye progresivamente el número de fumadores de cigarrillos tradicionales en numerosos países, aumenta la utilización de cigarrillos electrónicos y otros dispositivos de vapeo. Este crecimiento también ha impulsado considerablemente la oferta comercial, tanto en establecimientos físicos como a través de cualquier tienda de vapeo online, donde pueden encontrarse dispositivos, recambios y líquidos de diferentes composiciones y concentraciones.
Durante años, una de las principales estrategias comerciales alrededor del vapeo fue presentarlo como una alternativa menos perjudicial al tabaco. Sin embargo, vapear no significa simplemente inhalar vapor de agua. Los aerosoles que llegan hasta los pulmones pueden contener nicotina, partículas ultrafinas, compuestos químicos, metales y otras sustancias potencialmente perjudiciales.
La nicotina mantiene la dependencia
Uno de los principales problemas continúa siendo la nicotina, una sustancia con una elevada capacidad adictiva que está presente en numerosos líquidos utilizados en los cigarrillos electrónicos.
Por tanto, una persona que abandona el tabaco convencional pero continúa consumiendo nicotina mediante un vapeador puede mantener su dependencia física y psicológica durante años. Incluso existe el riesgo de que determinados usuarios terminen utilizando simultáneamente cigarrillos convencionales y dispositivos electrónicos.
El vapeador tampoco debe considerarse automáticamente un método para abandonar el tabaco. El hecho de sustituir un producto por otro puede perpetuar hábitos relacionados con fumar: llevarse constantemente un dispositivo a la boca, inhalar repetidamente y asociar su consumo con momentos de descanso, ocio o situaciones de estrés.
Los pulmones también reciben sustancias perjudiciales
El humo procedente de la combustión del tabaco contiene numerosas sustancias tóxicas y cancerígenas cuyos graves efectos sobre la salud están sobradamente documentados. Pero esto no convierte al vapeo en una práctica saludable.
Los cigarrillos electrónicos generan aerosoles que entran directamente en el aparato respiratorio. La exposición continuada puede provocar irritación e inflamación de las vías respiratorias y existen cada vez más estudios que analizan sus posibles consecuencias cardiovasculares y pulmonares a largo plazo.
Además, existe un problema añadido: mientras los daños provocados por décadas de consumo de tabaco son ampliamente conocidos, muchos productos de vapeo son relativamente recientes. Por tanto, todavía se desconocen completamente las consecuencias que podría tener su utilización continuada durante 20, 30 o 40 años.
Especial preocupación entre adolescentes
Uno de los aspectos que más preocupa a las autoridades sanitarias es la llegada del vapeo a personas que anteriormente nunca habían fumado.
Los sabores, el diseño de los dispositivos y la percepción de que vapear es menos perjudicial pueden favorecer su utilización entre adolescentes y adultos jóvenes. En estos casos no existe ningún beneficio derivado de sustituir el tabaco, porque se incorpora directamente un nuevo hábito potencialmente adictivo.
También debe tenerse en cuenta la exposición de otras personas al aerosol generado por estos dispositivos. Aunque su composición es diferente a la del humo del tabaco convencional, eso no significa que respirar las sustancias expulsadas por un vapeador resulte completamente inocuo.
Ni fumar ni vapear son opciones saludables
La conclusión que empieza a quedar cada vez más clara es que no fumar y no vapear continúa siendo la mejor opción para la salud.
El cigarrillo tradicional presenta unos daños extraordinariamente graves y ampliamente demostrados debido principalmente a la combustión del tabaco. El vapeo elimina esa combustión, pero introduce otros riesgos asociados a la inhalación continuada de nicotina y diferentes sustancias químicas.
Por eso, sustituir el tabaco por un vapeador no debería interpretarse como convertir un hábito perjudicial en uno saludable. Vapear también supone riesgos, puede mantener la dependencia de la nicotina y todavía existen importantes incógnitas sobre sus consecuencias después de décadas de utilización.
La verdadera mejora para el organismo no consiste únicamente en cambiar el cigarrillo tradicional por otro dispositivo, sino en avanzar hacia el abandono completo tanto del tabaco como de los productos de vapeo.
















