Cantinelas

Teo Carpena
Teo Carpena
Historias y leyendas de un hombre y su perro, que busca en los recuerdos su identidad. Teo Carpena emigró con su familia a Francia, después de la jubilación vuelve a Yecla y junto a varios amigos recompone su historia.

La manía de repetir frases durante mis paseos es para mí como la meditación: me ayuda a dejar la mente en blanco y me sirve para no pensar en nada, como la oración en los religiosos. A veces, me quedo enganchado en frases de sonoridad graciosa, pero sin demasiado sentido. Es como rezar un rosario laico o como practicar meditación lingüística, ni siquiera se me ocurre pensar en su significado, solo me centro en su sonoridad. Son frases inventadas sobre la marcha que aparecen en mi cabeza de improviso; una de mis favoritas es: “Las cigüeñas de Colmenarejo no tienen plumas ni pellejos”. Y como me gusta, la voy repitiendo de manera mecánica en mi memoria, siempre hacia dentro.

Cuando veo a alguien hablando solo por la calle, pienso que es posible que a mí me pase también de vez en cuando y siento un poco de vergüenza, pero yo sigo a lo mío repitiendo mi cantinela con frases como esta otra: «Las lagartijas de Guadalajara comen sapos de madrugada”. Siempre son frases cortas porque ando escaso de memoria y hacer esfuerzos para recordar restaría eficacia a este ejercicio. Hay un paseo que una vez por semana me gusta recorrer, atraviesa el pueblo de punta a punta, desde la plaza de toros hasta la vieja estación del Chicharra; me gustan los nombres en los que se divide el recorrido, empezando por el Jardín de las Pencas, la avenida de La Libertad, avenida de la de la Paz, calle Colón, calle San Antonio y calle Esteban Díaz.

Me quedo sorprendido por la cantidad de letreros donde se lee: se vende, cerrado, se alquila, y repito como una cantinela: cerrado, se vende, se alquila; se alquila, se vende, cerrado. Hay poca gente por la calle, todos me miran para ver si me conocen e incluso intentan saludarme, pero yo solo miro las aceras para no pisar mierdas.  Llevo mascarilla y gafas de sol.

A veces, me quedo enganchado mentalmente a una matrícula y la repito o le sumo 37, luego le resto 32 y lo multiplico por 250 y recito un resultado ficticio: Treinta y cinco mil seiscientos veintitrés; esa cifra también me gusta y la repito varias veces: 35.623, 35.623, 35.623, hasta que en una fachada encuentro un rótulo que dice: Jamones y embutidos de La Mancha y como la cita me recuerda a sabores exquisitos, quedo enganchado de la frase y sigo mi paseo repitiendo la retahíla. Jamones y embutidos de La Mancha, jamones y embutidos de La Mancha.

El poder que ejercen las frases en mi cabeza me ayuda a descansar y a olvidarme de todas las preocupaciones cotidianas. Mi perro, de vez en cuando, me lanza miradas furtivas al verme mover los labios; los dos caminamos al mismo paso, él cada cierto tiempo gruñe, imagino que es para advertirme de su presencia, le acaricio el lomo y seguimos cada uno a lo nuestro.

Pero lo que verdaderamente tiene un poder mágico en mi imaginación sucede cuando al cruzarme con alguien en la calle le escucho una frase graciosa y fuera de contexto. Entonces, rescato ese fragmento, como me ocurrió ayer al escuchar a dos señoras de avanzada edad. Una le iba diciendo a la otra: “Es que yo ya no le saco jugo a la cosa, chica…”. Y la imaginación se me disparó: ¿A qué cosa se referiría, hablaban de sexo? No pude saberlo porque camino muy rápido y ellas al verme guardaron silencio durante unos segundos. Se refería a “que no le saca jugo a la cosa chica» o “a las cosas, ya no les saco jugo, chica” o “¡chica, lo que me gustaría sería sacarle jugo a las cosas”. Nunca lo sabremos, pues me sigue confundiendo la falta de eses finales.

Algunos días me despierto con una maldita canción en la cabeza y no puedo sacarla de ahí. Cuando la canción es de las típicas del verano como «El chiringuito» o «La barbacoa» sufro de repeticiones mentales horrorosas hasta que consigo escuchar otra que me guste y pueda borrar de mi memoria la maldición de Georgie Dann. Para esos menesteres siempre recurro a las canciones francesas, si bien el otro día tuve la suerte de despertar con una canción de Coque Maya, “No puedo vivir sin ti”; esa me cuidé de mantenerla en la memoria hasta la hora de la comida.

En otro de mis paseos, encontré algo que me cautivó: un padre de unos cuarenta años con su hijo de dos años más o menos en un carricoche de esos que el niño va de frente a su conductor. El padre le iba silbando cantos de pájaros, y en este caso no pude reprimir mi curiosidad y comencé a caminar a su ritmo quedándome detrás para poder escucharlo. El hombre imitaba distintos cantos a la perfección o eso me perecía a mí: el de la lechuza, el del ruiseñor, el de la perdiz, el del colibrí, y otros muchos que no conozco; y decía al niño el nombre del pájaro después de cada canto.

Tenía un amplio repertorio de silbidos y estoy seguro de que no eran inventados porque ponía interés en la matización; no decía palabras como cuchi cuchi ni utilizaba palabras ñoñas como hacen algunos adultos la mayoría de las veces que quieren distraer o hacer reír a una criatura. Y lo gracioso era que el niño observaba atento a su padre como si de un alumno aplicado se tratase. Así que la pregunta que me martilleó desde que ellos entraron en su portal y yo volví a retomar mi rumbo fue: ¿Este tío es ornitólogo, es imitador, coleccionista de sonidos, músico o simplemente ha descubierto por casualidad que esta es la mejor manera de mantener entretenido a su hijo?

Hay mucha gente, entre los que me incluyo, incapaz de reproducir el lenguaje de los animales o imitar acento alguno. Mis amigos de Yecla dicen que tengo acento francés y mi familia y mis amigos franceses dicen que tengo un cerrado acento yeclano; me consuela que Ana me diga que tengo el tono y el acento más dulce que ella ha escuchado nunca. Ya saben ustedes, el amor es ciego, pero creo que un poco sordo también. He llegado a casa con una canción de Julio Iglesias en la memoria: “A pesar de estar lejos, muy lejos de  mí… a pesar de… no sé qué Gwendolyne”.  Y cuando me pasa eso no tengo más remedio que recurrir a Ana, que es mi memoria externa, y ella me la canta; ahí le devuelvo el piropo:

—Cariño, cantas como los ángeles.

Y entonces ella me regala una de las palabras más bonitas que conozco del castellano:

—¡Zalamero!


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