Concha y las ‘Conchitas’ españolas

2
las conchitas teo carpena
Foto: Juan Miguel Ortuño

Estábamos desayunando los dos, Saturno y yo, cada uno a su manera y en silencio, cuando ha llegado Concha como un trueno, abriendo puertas y ventanas.

—¡Buenos días! Esta casa huele a choto, ¡hay que ventilar más a menudo!

El perro y yo nos miramos y agachamos la cabeza con un gesto de aceptación, pero ella siguió:

—Tenéis la casa echa unos zorros. —Cuando Concha utiliza la zoología como metáfora es que la cosa está muy mal. Saturno, con el rabo entre las piernas, se va a la calle; el muy cobarde me abandona. Yo, en ese momento, no sé si huir o utilizar la frase del rey emérito:  “Lo siento mucho, me he equivocado. No volverá a ocurrir”, pero esas gracias con Concha no funcionan porque es republicana y los Borbones la irritan.

Mientras desayunaba, tenía delante un libro sobre emigración española a Francia. He recordado entonces lo de las Conchitas españolas.

Los franceses han tenido algunos prejuicios de los emigrantes españoles; nos consideraban torpes y bonachones y hacían bromas sobre las criadas españolas, a las que llamaban “Conchitas”. En los años sesenta, emigraron a Francia centenares de españolas para trabajar en las casas como criadas: bonne à tout faire, esto es, la chica para todo.

Por esa época, Michèle Arnaud cantaba en la televisión francesa “Les Dimanches de Conchita”, una parodia sobre las empleadas españolas. Crearon caricaturas, incluso en «Asterix y Obélix» apareció una agitanada sirvienta con moño y peineta. 

En la televisión francesa, las chanzas sobre las españolas eran muy habituales y hasta editaron un manual irónico sobre cómo tratar a estas empleadas españolas titulado “Conchita et Vous”. El manual advertía no llamarlas con campanilla, “porque se pondrían de rodillas en la cocina pensando que era la hora de La Elevación en misa”. Se las retrataba con moño, abanico, peineta y mantilla, pero tenían fama de limpias, rápidas y laboriosas.

Ahora pienso que si llamara yo a Concha con una campanilla, hace que me la trague. 

Las emigradas del servicio doméstico vivían en las chambres de bonnes, unas buhardillas pequeñas separadas de la vivienda o en diminutas porterías.

Muchas aprendieron solo lo elemental del idioma para entenderse en el trabajo, ya que su objetivo era ganar dinero y no gastar nada para volver a sus pueblos lo antes posible. Eso era lo común en las familias emigrantes, si bien mi familia, por razones que no vienen a cuento, quemó las naves al salir de Yecla y la vuelta ya no era posible.  

El nacimiento de mi hermana Jeanne en 1961 y el de la pequeña Sophie en 1965 hicieron a toda la familia mucho más francesa.

No renunciábamos a nuestro origen español, estábamos orgullosos de ello, pero no nos gustaban los círculos españoles donde abundaba el lagrimeo y la nostalgia. Recuerdo que mis padres fueron a bailar una noche a la Casa de España en Carcassone y volvieron asustados del olor a azulete que se respiraba y de la música tan rancia que ponían. Muchas de las  asociaciones existentes eran españolistas y estaban pensadas para la gente que quería volver.

Cada año, cuando venían los españoles a la vendimia, con cada cosa que contaban del otro lado de los Pirineos, nos desvelaban que esa España era distinta a la que existía en el imaginario de los exiliados y en el ideal de los emigrantes nostálgicos de su tierra.

Mi abuelo decía que aquella España que habíamos dejado atrás ya no existía. Es más, afirmaba que si comíamos de tierras francesas, ya éramos franceses.

—La tierra es igual en todas partes para un jornalero —afirmaba, y decía que el anarquista Ángel Pestaña y Jesucristo eran sus guías, pero no idealizaba a ninguno; es más, no se fiaba de la iglesia católica ni de la CNT. Por su parte, mis padres solo creían de verdad en la familia: «Esa es la auténtica patria de la gente de bien», comentaban orgullosos.

A aquellas “Conchitas” que emigraron a Francia y sirvieron en casas francesas, lejos de su país, les resultaba muy complicado aprender el idioma ya que a veces casi no sabían leer en castellano. ¿Ha cambiado el mundo, o ahora las Conchitas son solo de otra nacionalidad?

conchita

Los franceses, desde el sillón de su casa, miraban la televisión y reían las gracias de cómicos con poco sentido del humor. Porque el auténtico sentido del humor pasa por saber reírse de uno mismo —cosa que los españoles hacemos en exceso—. Reírse de los inmigrantes y de la gente que no habla con facilidad tu idioma es de ser simplón y miserable.

Esta mujer es un torbellino, ahora dice que lo que hace falta en esta casa es una mujer para mí y un gato para controlar a Saturno. Siempre me arranca una sonrisa, y me ayuda a abandonar mis pensamientos negativos.

El presente, siempre el presente, me repito para mis adentros. Concha siempre viene a casa y vuelve al pueblo andando; dice que caminar oxigena el cerebro y aclara las ideas. Veo a Saturno pensativo, algo andará tramando.


Lee todos los relatos de Teo Carpena

2 COMENTARIOS

  1. Me atrevo a decir que este es el mejor relato que has escrito hasta ahora. No sé quién eres, Teo; pero sigue escribiendo. Bueno, el del guiri en la Mannix también estuvo bien jajajaja

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor introduce tu comentario
Por favor introduce tu nombre aquí