El cuento de María Sarmiento

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teo carpena maría sarmiento
Pixabay

Este es el cuento
de María sarmiento,
que se fue a mear
y se la llevó el viento,
volvió a cagar
y se la volvió a llevar,
pero cagó tres bolicas.

Una para Juan,
otra para Pedro
y otra para quien hable primero.
Y yo como soy el capitán
puedo hablar.

Este cuento se lo contaba mi abuelo a mis hermanas y ellas se reían mucho; años más tarde, se lo contaba mi padre a mis sobrinos, que son franceses, y no entendían la gracia. A mí me lo contaron cientos de veces y de distintas maneras en mi infancia.

Recuerdo que mi madre me preguntaba: Teo, ¿quieres que te cuente el cuento de María Sarmiento? Yo respondía que sí y ella decía: “No te digo que me digas que sí, lo que te digo es que si quieres que te cuente el cuento de María Sarmiento”.  Y yo decía  “vale”; pero ella contestaba: “No te digo que me digas vale, te digo que si quieres que te cuente el cuento”. Podíamos estar jugando así hasta que se me agotaba la paciencia, pero acabábamos riéndonos los dos.

Me gusta pensar que la tradición oral todavía no ha perdido vigencia e imagino a abuelos actuales volviendo a contar el cuento y a los niños no entendiendo nada, porque ahora ya no se caga en el campo. 

Ahora, lo máximo que le podría pasar a María Sarmiento sería quedarse sin papel higiénico. Y pobre María, que todos nos hemos reído de su desgracia.

¿Se la llevó el viento porque pesaba poco?

¿Se la llevó el viento porque lo que vino realidad fue un huracán? Y lo peor todo: Parece que se la llevó el viento delante de gente que luego se dedicó a reírse de la pobre víctima.

Sea como fuere, a mí siempre me daba lástima, pues me la imaginaba desgreñada con las faldas remangadas, las bragas en los tobillos y volando. ¡Que imagen más siniestra, además de escatológica! Pero nos reíamos.

A los niños españoles de ahora no sé si les hará gracia; Concha dice que sí, que ella se lo ha contado a su nieto y que se rio con ganas. Yo pienso que depende de quién te lo cuente. Concha es muy graciosa; podría contarte la muerte de Manolete y te reirías, porque todo lo que cuenta lo acompaña de movimientos de manos y de ojos. Vive las historias con intensidad contagiosa.

Investigando un poco, un día descubrí que había una María Agustina Sarmiento de Sotomayor en el cuadro de las Meninas que pintó Velázquez. En concreto, es la menina que ofrece de beber a la infanta Margarita. Siempre he dudado si sería esta la dichosa María del cuento. Y si por analogía con la historia, no estaría ofreciendo algún laxante a la infanta…

Pero de lo que estaba seguro es de que María Sarmiento tenía que ser de Yecla, sobre todo por el aire que sopla aquí en invierno.

—¡En este pueblo, el aire redondea las esquinas! —dice Salvador.

—Aunque pa’ viento el de antes —remata Concha.

Al final, los niños se ríen de cualquier cosa, siempre que sepas contárselas. Lo he podido comprobar muchas veces.

Cuando llegaban los vendimiadores españoles a la estación de Carcassonne, abrían los ojos como ventanas; su inseguridad y desconocimiento del idioma les obligaba a mantenerse en guardia ante cualquier imprevisto. Sin embargo, los niños bajaban del tren riendo, no sé si por la alegría de haber finalizado el largo viaje o por el gozo que produce lo desconocido.

Durante las temporadas de vendimia, colaboraba de voluntario en una asociación de ayuda a los inmigrantes para ir a recogerlos a la estación y orientarles, y  me gustaba  entretener a los niños pequeños con juegos y cuentos.

Los recién llegados caminaban en grupos; los niños se agarraban a las faldas de sus madres cargadas con bolsas y reían.

En cuanto tenía oportunidad, preguntaba a los pequeños si conocían el cuento de María Sarmiento y todos soltaban una sonrisa muy abierta. Y no se reían porque yo fuese gracioso, sino porque recordaban a sus abuelos contándoselo. Yo les decía si querían que les contara el cuento de María Sarmiento en francés. Y todos respondía que sí al unísono. Pero yo les decía: “No digo que digáis sííí, sino que si queréis que os cuente en francés el cuento de María Sarmiento”. Y ellos a coro: “Valeee”. Y con esas gracias nos echábamos unas risas mientras mis compañeros y el capataz organizaban el viaje hasta la finca donde se alojaban.

En 1960, conocí a François, una señora delgadísima y muy mayor que iba en bicicleta a por el pan con un pañuelo azul recogiendo su pelo y una falda de flores. Siempre me saludaba desde la bicicleta: “¡Salut, garçon!”. Yo la saludaba y reía, porque me acordaba de María la del cuento.

Los niños siempre sonríen a pesar de los avatares de la vida; los he visto en los campos de refugiados, en las casas polvorientas de El Aaiún o en las favelas de Brasil; siempre ríen. Yo también reía cuando llegamos a Francia; mi madre reía de manera natural ante la adversidad, mi padre tardó meses en reír de nuevo y mi abuelo solo reía de medio lado.


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Foto: UNWTO

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3 COMENTARIOS

  1. En realidad era: ¿Quieres que te cuente el cuentecico de los enfados?.
    – Siiiii.
    – Yo no te he dicho que si, te he dicho que si quieres que te cuente el cuentecico de los enfados.
    Recuerdo con mucho cariño cómo me lo contaba mi abuelo.
    Desde aquí un recuerdo a nuestros abuelos.

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