Demasiada conexión. Por Teo Carpena

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purísima foto exposición
Foto de Juan Miguel Ortuño

El título de hoy parece de una canción de los ochenta. Es Viernes Santo, pretendía estar de recogimiento y escuchar música sacra, pero no ha podido ser.

Con esto del confinamiento, entre mis hermanas con sus atentas preocupaciones por mi salud; uno de mis sobrinos, que es un enganchado a las redes, impulsivo e hiperactivo rockero, que me manda conciertos cada día; mi amigo Ken, desde Londres, citándome para después del confinamiento; mi amiga María, desde Madrid, reclamándome sin descanso y el sobrino de Concha, desde Yecla, visitándome cuando me trae la compra, no me dejan concentrarme, y me proponen continuamente viajes o actividades para “cuando esto acabe”, que es la frase más utilizada últimamente.

¡Cuando esto acabe me echo al monte, pesados!

Mis hermanas están empeñadas en organizar un encuentro en Pepieux antes del habitual encuentro de Navidad, con cuñados y todo. Ken propone venir a Yecla a ver cómo sabe ese vino del que le hablo tan mal y él no me cree. Como venga al pueblo mi amigo inglés, las bodegas se quedan sin reservas.

Esta mañana he hablado con María por Skype y, después de un año sin vernos, nos hemos visto a través de una maldita pantalla. La primera reacción por su parte ha sido una carcajada; me acabo de afeitar después de treinta años. Lo siguiente, ha sido lanzarnos como dardos, miradas introspectivas. “Nos hemos hecho muy mayores, amigo mío”, ha dicho con los ojos humedecidos de añoranza. E inmediatamente hemos empezado a hablar con la naturalidad de siempre.

Me propone que viaje a Madrid (cuando esto acabe, no se me alteren), para ver la exposición de los dibujos de Goya en el Prado. Sabe que el aragonés es una de mis debilidades y remarca:

—Luego nos vamos a poner hasta arriba de torreznos de Soria en mi taberna favorita; después vamos a escuchar música en directo en alguno de los garitos de siempre y a ‘beber hasta perder el control’, como decía aquella canción de Los Secretos.

Conocí a María en 1991. Juliette y yo acabábamos de trasladarnos a París y ellas se reencontraron después de años sin verse. La vida de los tres estaba llena de coincidencias, nos unía sobre todo la música y el afán por viajar. María tuvo varias parejas y siempre las acoplaba a nuestro grupo; todos los que nos conocían pensaban que ellas eran hermanas.

Estudiaron juntas, fueron compañeras de trabajo, cómplices en todo, y yo un afortunado por formar parte activa de esa complicidad. Eso nos ayudó a vivir unidos la enfermedad de Juliette y su posterior ausencia. El duelo compartido fue más llevadero.

Al año siguiente María volvió a España.

Me ha hablado del confinamiento ejemplar de la mayoría de los madrileños, de las calles desiertas, del parque del Retiro cerrado y, sobre todo, de las caras de tristeza de los niños aplaudiendo en los balcones, a pesar del entusiasmo que ponen en cada ovación. Cuando me ha contado lo de la morgue del Palacio de Hielo, hemos tenido otro silencio largo. A veces, los silencios son muy elocuentes

Nos aconsejamos libros para leer durante este encierro forzoso y nos prometemos viajes. Hemos recordado el último que hicimos los tres; fue a Túnez en junio de 2006. Después de hablar con ella, he buscado fotos del viaje en mi ordenador y no he podido evitar caer en un estado de nostalgia que me ha durado todo el día, pero no me dejo arrastrar por la tristeza. Cuando se ama de verdad y te entregas en cuerpo y alma a la persona amada, después, en la ausencia, el dolor es más leve.

Pedro, el sobrino de Concha, es el más insistente de todos. Me llama todos los días, me habla de revoluciones, de justicia social, de cambiar el mundo. Este chico es incombustible, no me deja aburrirme, está empeñado en que le cuente lo del Mayo del 68.

—Yo tenía 18 años, le aclaro. Estaba en un instituto de Carcassonne y no me interesaban las revoluciones; solo me interesaba el amor, la música de los Beatles y la de Françoise Hardy. Bueno, más que la música, de la francesa me interesaban sus labios y su voz susurrante cantando: «Des ronds dans l’eau».

Pedro no conoce a la Hardy; casi me parece un insulto, pero luego reparo en su edad  y lo compadezco.

Se empeña en el tema revolucionario, dice que peco de modestia, me desespera. Propone acciones reivindicativas y protestas contundentes. Me agota, pero al mismo tiempo me emociona y me contagia su entusiasmo. Yo le advierto que los progresistas españoles me parecen unos trasnochados ridículos y que no confío en las acciones protesta. Con esas afirmaciones se emociona, dice que soy un rebelde irónico. Una vez le hablé de Gustavo Bueno y eso creo que le ha trastornado.

Para convencerlo, le digo mirándolo muy serio a los ojos que Sartre me perecía un burgués charlatán; y él se parte de la risa y me dice entusiasmado:

— Eres cojonudo.

— ¡Que soy católico y conservador coño!, le grito.

— ¡Mejor!, me contesta. Eso nos da ventaja.

Lo dejo como caso perdido y temo que algún día me busque algún lío. ¿Y todavía hay gente que dice que los jóvenes son apáticos? Este Pedrito, como le llama su tía, tiene el empuje de un batallón.

Me cuenta lo del himno de la Virgen por los altavoces de las calles y que hasta un día pusieron la misa del Ángelus. Lo de las banderolas de la Virgen en los balcones del pueblo, los cantos gregorianos…

¡Dios que pandilla de manipuladores supersticiosos gobiernan nuestra iglesia!  

Pedro vive por el centro y soporta a diario todas estas impertinencias y esta manipulación supersticiosa. Por lo tanto, ahora comprendo su repulsión, su rebeldía y su ansia revolucionaria.

Y mientras divago con todo esto, suena a todo volumen “Sympathy for the devil” de The Rolling Stones.


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