Días predestinados

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días predestinados teo carpena
Foto: Juan Miguel Ortuño

Hay días en que nada más abrir lo ojos sabes que va a ser un día especial, que va a pasar algo fuera de lo común. ¿Alguna tragedia cercana, alguna buena noticia de alguien que no ves desde hace años, me va a tocar la lotería? No sabes si será bueno o malo, pero tienes la certeza de que ese algo marcará tu vida.

Desayunamos con tranquilidad como cada mañana, las mismas tostadas con aceite, los mismos besos, el mismo café humeante. Saturno deseando salir a la calle. La gata ronroneando entre los pies de su dueña.

Hoy, la niebla lo vuelve todo misterioso y los árboles del camino son casi invisibles.

Ana está radiante, pero eso no es nada nuevo, su belleza y su talante amable me unen al mundo y le han dado sentido a mi vuelta al pueblo.

El café tiene el dulzor que me gusta. Desayunamos escuchando la radio, pero esta mañana el soniquete del sorteo de la lotería de navidad invadía la emisora que escuchamos habitualmente. Ana tiene dos décimos y está segura de que esos números nos van a sacar de pobres. El pesimismo no me deja espacio para los juegos de azar.

No he dicho nada a mi compañera sobre mi intuición. Barrunto algún acontecimiento extraordinario, y no suelo equivocarme.

Teníamos que hacer varias gestiones en el banco, en el ayuntamiento y en el juzgado; suficiente para que mi carácter irritable aflore. Odio la burocracia; menos mal que la compañía de Ana lo suaviza todo.

La niebla empieza a levantar y el cielo despejado deja que la luz ilumine los azulejos de la cúpula de la iglesia nueva. Nunca me había fijado en el esplendoroso brillo que refleja cuando la luz es deslumbrante como hoy.

Ana es muy conocida en el pueblo y en menos de trescientos metros ya la han parado dos veces para saludarla; aquí la gente es muy pesada saludando.

Subíamos por la calle San Francisco cuando un hombre de mi edad, aproximadamente, se ha parado frente a mí. Los dos nos hemos mirado durante un rato a los ojos, era una extraña sensación. Ana se ha separado de nosotros para confirmar lo que estaba viendo: el extraño y yo nos analizábamos de arriba a abajo, sonreíamos desconfiadamente, no podíamos articular palabra. Han pasado varias personas y han observado la escena con curiosidad: el extraño y yo permanecíamos quietos, como dos estatuas, sin pestañear.

¿Sería acaso este el acontecimiento que presentía? Y, en ese caso, ¿esto era un buen presagio o se avecinaba una catástrofe? Nos hemos quitado la mascarilla para ver nuestras caras al completo y la sorpresa ha sido mayúscula… ¡Parecía que estábamos frente a un espejo! Eran las mismas caras. ¡Asombroso!

Un policía que pasaba nos ha gritado que nos colocáramos las mascarillas, hemos obedecido al unísono; la misma altura, la misma corpulencia… solo nos diferenciaba el color de las chaquetas. Nos hemos dado la mano y nos hemos presentado: Teo Carpena, Ginés Soriano.

—El mismo tono de voz —ha dicho Ana con sorpresa y entonces hemos reparado en su presencia; la he presentado.

—¿Tomamos un café y charlamos?

—Sí, claro.

Los dos estamos de acuerdo, tanto parecido debe ser por alguna causa familiar.

Su bisabuela era yeclana dice, una de las mías también, por parte de mi padre, nos reímos al mismo tiempo y Ana se lleva la mano a la boca exclamando: “Os reís de la misma manera, a ver si sois hermanos o primos”. Ana ha propuesto ir ella al juzgado a recoger un certificado mientras nosotros nos conocíamos.

Retrocedemos en nuestras historias y en nuestro árbol genealógico y hacemos recuento de nuestros familiares:

—Mi bisabuela salió de Yecla siendo niña. Se llamaba Antonia Romero; mis abuelos nacieron ya en Jumilla.

—La mía —contesté— se llamaba Josefa Martínez y durante varias generaciones vivieron aquí; nosotros fuimos los primeros en emigrar.

Y como no encontrábamos coincidencias empezamos a contarnos nuestras vidas.

Su familia había emigrado a Suiza, la mía a Francia. Él había dedicado su vida al espectáculo, era mago; yo, a la jardinería. Ambos disfrutábamos ahora de nuestra apacible jubilación. Los dos habíamos vuelto al pueblo de nuestros padres, él a Jumilla y yo a Yecla. Solo nos unía el tren Chicharra, dije como chascarrillo, nos volvimos a reír con ganas.

Entonces descubrí un detalle sorprendente: su risa era fingida y el movimiento de sus manos, la inclinación de la cabeza y la postura en la forma de sentarse eran fingidos. ¿Me estaba acaso imitando? Volvió Ana y mi doble acababa de ir al baño; le conté a mi novia la sensación de que mi doble fingía, que sus movimientos y sus gestos no eran naturales. Ella me aseguró que el parecido era escalofriante.

En cuanto salió del aseo, decidimos los dos al mismo tiempo pagar la consumición y sacamos las carteras a la vez, el camarero cogió su billete de veinte euros para cobrar y la discusión quedó zanjada.

Ya en la puerta del bar noté que a él se le ensombrecía  la mirada, adelantó la cabeza para acercar sus ojos a los míos y me dijo en voz baja y susurrante:

—¿Me estas imitando?

—Eso mismo estoy pensando yo. —Empezábamos a desconfiar el uno del otro.

—Creo que los dos sois iguales de paranoicos, hasta en eso os perecéis —afirmó Ana, y propuso preparar comida en casa para los tres, pero cuando estábamos de camino, Ginés recibió una llamada, se disculpó, dijo que me llamaría en un par de días y me pidió mi numero de teléfono.

—Ahora te hago una llamada perdida y así tienes también mi número. —Se despidió muy amablemente y se fue con prisas. Era solo la una de la tarde y decidimos hacer la gestión en el ayuntamiento. Al llegar al mostrador adecuado, nos piden el DNI y descubro que no tengo la cartera. Volvemos al bar donde habíamos estado y el camarero me dice que ha visto como mi hermano se guardaba las dos carteras.

—No es mi hermano —le respondí con mala leche.

—Me da igual, el de la chaqueta roja  —aclaró.

Salimos corriendo a la comisaría. Mi supuesto hermano tenia mi contacto, pero no me había llamado, verdaderamente era un mago. Pudimos anular la tarjeta de crédito a tiempo. Tardaron un rato en atendernos, durante la espera oímos revuelo, llamadas de teléfono y varios agentes salieron corriendo con las sirenas a tope. Ya por fin nos pasan a un despacho y cuando nos están tomando nota de la denuncia, escucho por la radio de un agente hablar de un robo a mano armada en una oficina de banco donde habíamos estado solo hacía media hora.

Revisaron las cámaras de vigilancia y allí aparecía Ginés, sin mascarilla y empuñando una escopeta. Un policía dice que soy yo, la confusión es tremenda, menos mal que está el camarero que nos ha visto juntos y podrá testificar. Además, durante el atraco estábamos aquí, en la comisaría, denunciando el robo de mi cartera. El comisario jefe dice que soy cómplice del atraco. Ana ha perdido los nervios aclarando que no podía ser yo, casi la detienen a ella y la han echado a la calle, lloraba de rabia.

Los policías están seguros de la complicidad con mi hermano; yo juro con vehemencia que no somos familia y que lo acabo de conocer. Nadie me cree y aquí estoy, detenido hasta que se aclare el asunto.


Relatos de Teo Carpena

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