lunes 06 diciembre 2021

El jardinero hispano-yeclano

Teo Carpena
Historias y leyendas de un hombre y su perro, que busca en los recuerdos su identidad. Teo Carpena emigró con su familia a Francia, después de la jubilación vuelve a Yecla y junto a varios amigos recompone su historia.
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Mis flores favoritas son los hibiscos, flor que trajo la emperatriz Bonaparte a Francia desde Martinica. Nacen con formas acampanadas y la roja intensa es la que más me gusta.

Descubrí El Jardín de la Malmaison, un libro con ilustraciones de Pierre-Joseph Redouté por encargo de Joséphine de Beauharnais, la amante y luego esposa de Napoleón. Esta creó una colección de rosas traídas desde todos los rincones del planeta con más de 250 especies distintas y Redouté las dibujó con una maestría impecable. Lo guardo como mi mayor tesoro.

Tenía veinte años cuando visité por primera vez el castillo de Malmaison, donde instaló la dama imperial dicho jardín, demostrando su exquisito gusto y regalando a Francia el jardín más exuberante y la colección más completa de flores y plantas del mundo en esa época. Fue allí donde encontré la flor que hasta ahora me sigue pareciendo la más hermosa y sensual: El hibisco rojo.

Cuando volví a Carcassonne, le regalé un ramo de ellas a Isabelle, mi novia de adolescencia; provoqué en ella tal deslumbramiento y me abrazó con tanto entusiasmo en agradecimiento, que ese día me reafirmé en mi decisión de ser jardinero y soñaba con ser como André Dupont, uno de los jardineros favoritos de Joséphine. Empecé trabajando en una floristería que tenía vivero propio; yo me encargaba del cuidado y producción de flores, era joven, entusiasta y tenía muy buenas manos para las plantas.

Durante unas fiestas, trajeron a la ciudad un circo enorme y hubo mucha expectación. Lo anunciaban como “El Circo Mundial” y en el cartel aparecía el nombre del trapecista en letras grandes: «Ulysse, le roi des aigles» (Ulises, el rey de las águilas). Se había ganado ese apodo gracias a los triples saltos mortales sobre una cuerda y al vuelo que practicaba cruzando la pista de un trapecio a otro con los brazos abiertos como si fuese un pájaro, sin red y sin sujeción de ninguna clase.

En una de las primeras sesiones, hubo un accidente fatal y el trapecista cayó al suelo. Algunos decían que ya estaba muerto cuando cayó en la arena, que fue un paro cardíaco mientras volaba atravesando el aire. Murió en directo para un público que, entre gritos, abandonaba espantado las gradas.

Declararon tres días de luto por la muerte de Ulysse, pues era nacido en Toulouse y muy popular en toda Francia. Desde el ayuntamiento dijeron que había que hacer un gran funeral: “Hay que encargar una gran corona de flores”, aseveró el concejal de protocolo. Yo presumía de español, y eso que en Francia, un país lleno de gabachos y de chovinistas, casi ningún español presumía de ello: Picasso presumía de español y de malagueño y yo de español y de yeclano, lo que me daba un aire aristocrático como si tuviese doble nacionalidad, pues nadie sabía dónde estaba Yecla.

Me dijeron que un funcionario afirmó con rotundidad: hay que encargar la corona al hispano-yeclano; y todos por unanimidad apoyaron la propuesta. No podía defraudar tanta expectativa y preparé una corona de flores enorme.

¿Qué flores podía poner? Dudaba, no tenía mucho tiempo para pensar y pregunté a Dominique, amigo mío y Premio Nacional de adornos florales. Me dijo que no se me ocurriera utilizar flores amarillas: “Ya sabes que la superstición de los artistas no tiene límites” y entonces pensé en los hibiscos rojos.

Compuse la corona con gladiolos, que son las flores de la sinceridad y crisantemos, como símbolo de eternidad. Coloqué cien rosas de distintas especies recordando a nuestra impératrice para perfumar el aire rancio de la carpa y cientos de hibiscos que ese día lucieron con más intensidad que otras veces. Para rematar, coloqué cuatro hermosas magnolias blancas simulando los cuatro puntos cardinales, y ocultos entre las espumosas plantas verdes, unos globos de helio para que flotara. Cuatro niños del circo con cintas de la bandera tricolor conducían la corona detrás del féretro. Toda la ciudadanía estaba en la calle para despedir al acróbata; un payaso desde una pequeña tribuna interpretó con su saxofón la Marsellesa al tiempo que la comitiva fúnebre daba tres vueltas a la pista del circo; los compañeros circenses vestidos con los trajes de sus oficios lloraron emocionados.

“El circo y Francia no te olvidarán” rezaba una enorme pancarta. Escuché a una viejecita decir que Guillaume, el ciego, lloraba emocionado en una esquina simulando mirar al infinito y le caían lágrimas como piedras. Y eso que no podía ver el espectáculo de color. Se contaba en la ciudad que ese día acudieron cientos de rapaces de varias especies y presenciaron el funeral de su rey desde las almenas del castillo de Carcassonne.

Gracias a esta flor conocí a Juliette veinte años más tarde, cuando trabajaba en el Jardin des plantes de Montpellier; ella dibujaba un hibisco en el invernadero, lucía un vestido azul intenso y… Pero esa es otra historia.


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Teo Carpena
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