Jumilla y la memoria

Teo Carpena
Teo Carpena
Historias y leyendas de un hombre y su perro, que busca en los recuerdos su identidad. Teo Carpena emigró con su familia a Francia, después de la jubilación vuelve a Yecla y junto a varios amigos recompone su historia.

Hace mas de un año y todavía me ronda en la cabeza una duda de lo acontecido aquel día. Movido por la necesidad de recrear un momento del pasado, fui a Jumilla. Necesitaba confirmar que lo que se dibujaba en mi memoria era real, pero ahora ya no se puede viajar en el Chicharra como hacía con mi abuelo; la desaparición de este tren fue una pena.

Los jumillanos sí tienen castillo y se alza orgulloso sobre un cerro gris. Después de preguntar a varios paseantes, llegué al Jardín del Rey Don Pedro y me senté en un banco decorado con azulejos y desde ese banco, que a mi siempre me pareció el trono del rey, conseguí recuperar lo que buscaba. Cerré los ojos, que es como mejor se ven las cosas, y busqué en el pasado.

Veníamos algunos sábados a visitar a un amigo de mi abuelo al que llamaba Paco el pirata; le cortaron una pierna a causa de una herida grave durante la guerra, presumía de su pierna de madera barnizada y los dos hacían bromas con la pata de palo.

Me gustaban los dibujos de este banco y, mientras ellos revivían batallitas de su juventud, yo me recreaba en los dibujos coloreados de los azulejos de este parque y de este banco en particular.

¡Cómo me gusta este jardín!

Ahora pienso en Sevilla y en Lisboa, donde he visto los mejores azulejos del mundo; estos son más humildes, pero son las imágenes que decoraron mi infancia. Me senté en una terraza cercana a tomar una cerveza; el camarero tenia ganas de pegar la hebra, el bar estaba vacío y empezó hablándome de un niño que acababa de irse después de pedirle un vaso de agua. Le miré sorprendido, la cosa carecía de importancia, pero él me lo contaba como algo extraño.

—Me dijo que era para su abuelo, que estaba sentado en un portal al lado del bar y que se sentía mal. A los dos minutos pensé ‘¡coño, a ver si va a ser un infarto o algo parecido!’. Salí a la calle y no había nadie, pero el vaso estaba allí, vacío junto a un portal.

Yo seguía sin entender, pero me intrigaba su cara de alucinado. Le pedí que se sentara porque sospechaba que había una historia interesante detrás.

—Junto al vaso de agua vacío había unas canicas de cristal, como las que utilizábamos de niños, y unos cromos antiguos de fútbol. Cogí las canicas, los cromos y el vaso de agua vacío y dejé las canicas y los cromos en un cuenco donde almacenamos los objetos olvidados por los clientes.

Le miré con gesto interrogante y siguió contando.

—Lo grave es que me ha pasado varias veces, el niño viene a pedirme el vaso de agua y cada vez con una excusa diferente. Un día me contó que estaba jugando al futbol con unos amigos; cuando se fue, salí a la calle, pero no vi a ningún niño en 300 metros a la redonda. Otra vez me dijo que el agua era para su abuela, que venían de Yecla para visitar a un familiar, salí corriendo detrás de él y no vi nada; esta vez estaba como siempre el vaso de agua vacío y al lado una peonza.

—Será algún niño del vecindario —le dije yo.

—Nadie lo ha visto, nadie lo conoce y siempre viene cuando no hay nadie en el bar. El niño tiene una cara muy triste a pesar de su sonrisa y siempre lleva una camiseta de rayas azules y blancas, unos pantalones cortos negros y unas sandalias de correas desgastadas. Guardo los objetos que deja olvidados en el cuenco, los miro de vez en cuando y no consigo entender nada, parece un acertijo.

De pronto, le brotaron lágrimas. Al tiempo, pasó una moto emitiendo un ruido ensordecedor; el camarero se disculpó y volvió al interior de su mostrador, pero yo estaba intrigado con su manera emotiva de contar la historia y supuse que debía tener alguna vinculación afectiva con el niño del vaso de agua.

—Buenos días —saludaron a dúo dos señoras que se sentaron en una mesa cercana; me miraban interrogantes.

—¿Le ha contado a usted lo del niño, el vaso de agua y las canicas?

—Sí —dije sorprendido. La mujer acercó su silla a la mía para hablar más bajito. La cercanía de desconocidos no me agrada, pero como parecía que aquella mujer podía darle una explicación a mi intriga, acepté su proximidad.

—A cada cliente le cuenta la historia y cada día añade algún detalle nuevo; nosotras venimos cada mañana a tomar café, no llega nunca a desvelar el misterio, pero describe con tanto detalles la fisonomía del chiquillo triste y se emociona con tanto sentimiento que nos enternece. Nosotras apreciamos más la interpretación de este hombre que la de los actores de la telenovela de por la tarde.

—Buenos días para mis chicas favoritas —dijo el camarero dispuesto a atender a las recién llegadas.

—¿Cómo estas? —le preguntaron ellas; hablaban y decían las mismas frases al unísono, como hacen algunas hermanas gemelas e inmediatamente le cambió el gesto y con voz grave y afectación les contó la misma historia que acababa de contarme a mí. Ellas pidieron sus cafés, él se metió al bar suspirando y las clientas, emocionadas, se lamentaban.

—¿Ha visto usted que facilidad para emocionarse y que historia tan extraña?

Asombrado, me despedí sin dar mucho crédito a la historia del camarero y sin darle pábulo a las señoras. Me apetecía dar una vuelta por las calles jumillanas. Quizá el camarero, sin saberlo, era preso de un recuerdo ajeno.

Iba abstraído en mis cavilaciones cuando un niño se me acercó y me preguntó la hora; me llamó la atención que calzara unas sandalias tan desgastadas. Su mirada era huidiza, miré en mi muñeca, mi reloj estaba parado en las diez en punto, le di unos golpecitos con el dedo índice y nada, las manecillas no respondían.

chicharra

Cuando busqué al niño con la mirada para decírselo, este había desaparecido; tendría prisa y yo me he vuelto lento, pensé. Seguí paseando camino del aparcamiento donde dejé mi viejo Renault, pero a mitad de camino me acordé del Chicharra y decidí buscar su rastro; el tren nos traía hasta aquí parando en apeaderos con nombres que a mí me parecían mágicos: Apeadero del Rosario, Casa del Espinar, Apeadero Gamellejas.

Desde la puerta abierta del vagón, mi abuelo siempre saludaba a unos conocidos que atareados en sus faenas saludaban el paso del tren: El Ardal, El Carche, apeadero de Matamoros… Era un tren que a mí me parecía de plata vieja y circulaba, aseguran, a 14 o 15 kilómetros por hora. Era un tren con asientos de tablas donde viajaban campesinos y señoras con bultos envueltos en telas de flores.

Ahora, la estación restaurada de Jumilla ya no guarda nada del sabor añejo y las vías no existen. Vi de nuevo a un niño con pantalones cortos llorando sentado en una esquina, me agaché y le pregunté por la causa de su pena. Me contó que había perdido unas canicas que le compró su abuelo. La moto ruidosa de antes volvió a pasar con su escandaloso estrépito; levanté la cabeza para ver al tonto de la ruidosa máquina y en ese momento sentí los brazos del niño alrededor de mi cuello, me dio las gracias y se fue. No sé por qué me dio las gracias.

Desconcertado volvía hacia mi coche cuando descubrí en el bolsillo de mi chaqueta un viejo cromo de Paco Gento de la temporada 1965-1966.


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