Un médico de Oxford

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Foto: Unsplash

A finales del siglo XVIII vivió una chiquilla en Yecla que dicen que alojaba dos océanos en sus ojos y que si la mirabas, aunque solo fuesen dos segundos, sentías un balanceo como si navegaras mecido por olas tempestuosas. El padre no la dejaba salir a la calle porque muchos chicos de su edad padecían de mareos y los adultos se recreaban mirando sus caderas que parece ser que se movían bamboleándose como las palmeras del Caribe en los días de brisa suave.

La niña enfermó de tanto encierro y unas fiebres acompañadas de sudores fríos y un sueño persistente la obligaron a meterse en cama por prescripción de don Pedro Antonio Castaño, un medico muy prestigioso de la época.

Dejó de hablar y de reír, que era lo peor que le puede pasar a una criatura de esas hechuras, que hasta una semana antes había sido la alegría de la casa de sus padres y de todo el vecindario.

Hicieron llamar a un médico de Albacete, amigo de Don Pedro Antonio y no encontró solución. Trajeron a una especialista en fiebres que con métodos naturales curaba todos los males y trajo mejunjes y hierbas orientales desconocidas por los médicos de occidente.

Todos quedaban deslumbrados por la belleza de la enferma, a pesar de que se iba apagando lentamente como una vela que se consume; los cocimientos de la curandera tampoco consiguieron mejorar sus males.

José Esteve, un escultor valenciano que visitó en varias ocasiones nuestro pueblo porque tenía el encargo de tallar un Cristo para la Iglesia de la Asunción y que conocía a la familia por haber realizado un ángel inspirado en la cara de la niña, se presentó una mañana en la casa para hablar con el padre y darle referencias de un médico amigo y paisano suyo que había estudiado en Oxford.

“Es una eminencia en tema de fiebres juveniles”, le dijo. El padre accedió sin dudarlo, porque, hasta ese momento, ni los dátiles de Elche ni el mosto caliente de Tobarrillas ni los paños de arcilla fría impuestos por la abuela materna ni la miel de Tomelloso ni las infusiones orientales habían podido dar con la sanación de la criatura.

Trajeron a Yecla al médico amigo del escultor; este, después de examinarla minuciosamente, anotó los datos de la paciente y otras observaciones en un cuadernillo, consultó un viejo libro que sacó de su maletín donde guardaba utensilios y pócimas, interrogó a los padres, volvió pensativo al dormitorio de la muchacha y aconsejó que abrieran las ventanas y ventilaran, porque olía a ajos y a cerrado.

—Es que mi suegra le hace cada día sopa de ajos —afirmó tímidamente el padre.

—No me extraña que tenga la fiebre que tiene; el ajo no es tan bueno como se cree en España.

El joven doctor, acostumbrado a las rubias británicas, exclamó que nunca había visto un rubio tan brillante como la melena de Petronila, que así se llamaba la convaleciente, que de belleza iba bien servida, pero de nombre no tanto. Después de mirarle las pupilas con una lupa y dejarse balancear por aquellos dos océanos sentenció:

—Está chica necesita poesía, soledad y algunos paseos por el campo. —Petronila sonreía, pero con la mirada ausente. El padre pensó que el médico estaba loco o que pretendía un objetivo distinto al de sanar a su hijita favorita.

—No me fío de este mequetrefe —repetía aturdido, dando vueltas por la casa.

Pero el instinto de la madre influyó en la decisión para que dejaran ejercer su oficio al joven especialista, y cada día el doctor susurraba al oído de la enferma y en inglés sonetos de Shakespeare; luego en castellano, otros de Garcilaso. 

Cada día aumentaba la dosis, la sacaba de su brazo a pasear por el jardín de la casa, que era esplendido y con una fuente en el centro donde se sentaban a escuchar el tintineo del agua.

La chiquilla empezó a sonreír después de que le recitase unos sonetos divertidos de Juan Antonio de Sevilla, que era un poeta muy popular en la época. Jaume, que así se llamaba el joven valenciano, echó mano de la poesía amorosa y la llamaba “carinyet” con un tono tan dulce que hasta la abuela suspiraba. Le recitó de memoria antiguos romances castellanos y, poco a poco, fue dosificándole algunos endecasílabos árabes. Desde su despacho, el padre, receloso, escuchaba suspiros y unos ‘ay’ que le hacían sospechar lo peor, pero la madre, que como ya he dicho era muy intuitiva, lo retuvo. La muchacha iba poco a poco renaciendo, el color de sus mejillas sonrosaba día a día y hasta el habla iba recuperando.

Advirtió el médico después de un mes de tratamiento y observación de la paciente que solo faltaban un par de sesiones que serían definitivas para recuperar la salud de la enferma.

Durante la primera de estas dos sesiones solo se escucharon susurros y un siseo delicado detrás de la puerta del dormitorio.

La noche anterior a la última sesión, la luna lucía brillante y empezaba a despuntar la primavera; esto no tiene nada que ver con la historia, pero adorna un montón.

Al abandonar la casa, el médico aconsejó que dejaran a la convaleciente descansar: “Mañana vendré temprano para despertarla yo”. Nadie se atrevió a rechistar.

En la mañana del trigésimo tercer día, al entrar al palacete —no había dicho antes que era un palacio rodeado de huerta y jardín, regados por una caudalosa acequia—, el doctor pidió que le facilitasen zumo de naranja, unas magdalenas de la tahona de Fulgencio y un vaso de leche de cabra recién ordeñada —esto era para el desayuno de Petronila— y para la terapia: aceite de almendra para unos masajes, un ramo de rosas blancas para perfumar el cuarto, una palangana con agua templada para lavarse las manos y silencio absoluto en toda la casa.

La familia se trasladó a la planta baja aconsejados por la madre:

—Hay que dejar al doctor hacer su trabajo definitivo —remarcó la dueña de la casa, y esa mañana se escucharon suspiros acompasados, movimiento de muebles y risas.

La sesión resultó un poco más larga que otras veces y, después de tres horas, el médico salió sonriente anunciando la curación de la enferma. El padre vio a su hija más bella y más feliz que nunca. Los ojos turquesas de la joven rubia parecían derramarse de emoción.

El médico, como pago, pidió la mano de la chica y el padre, agradecido, accedió. La madre y la abuela materna sonreían con la placidez de una madre comprensiva y de una abuela que conoce los secretos del amor.

Fijaron la fecha de la boda, que se hizo coincidir con la colocación del Cristo de José Esteve. El casorio fue multitudinario en la iglesia de la Asunción y vinieron los familiares del novio de varios pueblos valencianos.

Es posible que os parezca una invención mía o una leyenda, pero os aseguro que este relato ocurrió tal cual. Lo mejor de todo es que muchos cuentos populares están basados en esta historia. ¡Ah, se me olvidaba! La pareja vivió feliz en Oxford y la yeclana cambió su nombre por el de Elizabeth. Una nieta suya volvió a Yecla y se casó con un tal Pedro Carpena. Fueron mis bisabuelos.

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Cristo de Esteve Bonet conocido como «El Cristico» por su tamaño

Relatos de Teo Carpena

2 COMENTARIOS

  1. Leyenda o no, chirría un poco lo del zumo de naranja, un placer poco habitual en la Yecla del siglo XVIII, donde esta fruta no se cultivaba. El trato con ciudadanos ingleses era si cabe más improbable (no así con franceses y genoveses, que en el puerto de Alicante eran multitud). Y con respecto al palacete a la vera de la acequia, no aparece en los censos de la época cosa parecida, eran zonas de huertos. Entonces la gente pudiente aspiraba a construirse una casa «solariega» en la zona más relumbrante del momento: el ensanche de las calles Nueva (España), San Antonio, y más tarde San José. Tan solo en áreas muy apartadas del concejo existían cortijos vinculados a las labores agrícolas. Las haciendas de recreo junto al pueblo vinieron mucho después. Sin duda los avatares del tiempo han debido deformar algo la historia original. Un saludo.

  2. Con todo respeto y con las debidas disculpas a Teo, creo que puedo hacer un resumen del médico de Oxford.
    Siglo XVIII, Yecla un pueblo muy beato donde vivia una chiquilla que se llamaba Petronila, más tarde cambió de nombre, motivo de felicitación. Dicha muchacha tenía cara de ángel, ojazos, melena y unas caderas que mareaba hasta un lobo de mar.
    Muy fuerte verla pasearse por las calles moviendo las caderas, pelo al aire, ojazos… esto disparaba la lascivia, quedándo el personal propenso a deleites carnales algo que no estaba bien visto en un pueblo donde se observanban estrictas normas morales.
    Puede que le propusieran que saliera poco a la calle se encerró en su habitación, lo probable es que cogiera una depresión de caballo. Fiebre, sudores, malestar general…
    Hasta que llegó el médico de Oxford, en la regatas soy más de Cambridge, sin salirme del relato dicho médico le susurraba al oido, podían pensar que le decía poesias, sonetos, cariñin (carinyet), a la vez le daba de comer magdalenas, leche, zumos y, la sacaba de paseo. Así se pone bien cualquiera.
    El médico inglés debería ser de su edad, de Petronila, sería apuesto, se produjo el flechazo y al carajo la depresión.
    Colorin colorado las penurias de Petronila se han acabado. Elizabeth y el médico fueron felices…

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