Navidades perrunas

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navidades perrunas
Foto: Juan Miguel Ortuño

—Amigo Saturno, las Navidades humanas son espantosas; las perrunas son perfectas: comer, dormir y asistir al delirante espectáculo humano. —Eso me dice mi amigo Turko, que es un mastín español con aspecto bondadoso y muy experimentado en estas fiestas. Somos vecinos, y algunos días nos damos una vuelta por las oliveras para hablar de nuestras cosas y echarnos unas carreras.

—En mi casa andan todos revueltos con el tema de las Navidades, y no lo entiendo, porque este año podrían saltárselas con el pretexto de la pandemia. Las del año pasado fueron geniales, en Nochebuena, mi dueño se peleó con su cuñado por asuntos de política, se llamaban fascista el uno al otro y yo me preguntaba: si los dos son fascistas, ¿por qué discuten? Después de los insultos, llegaron a los puños; la madre y la suegra empezaron a llorar, el abuelo sacó una escopeta de caza y amenazó a los dos con liquidarlos, disparó al techo y se cargó una lámpara; los nietos, huyendo de la pelea, volcaron el árbol de Navidad, mientras las hijas y cuñadas gritaban. Entre gritos y lloros pasamos una noche tremenda. Por cierto, al final, la dueña de la casa dijo que había sido una noche de perros. ¿De perros?, me dieron ganas ganas de gritar. ¡Ha sido una noche de mierda! Imagino que como tu dueño es tan rarito, seguro que no tiene bronca con nadie.

—El año pasado estuvimos los dos solos y ni cena especial ni adornos navideños ni mazapán. Menos mal que después vinieron sus amigos y me trajeron un arroz con pollo, que si no…

—Eso es muy triste. En mi casa, como te decía, con el lío de la discusión dejaron los platos llenos, se enfadaron todos con todos. Así que aproveché y me puse hasta arriba de langostinos y jamón. Por cierto, ¿has probado alguna vez los langostinos?

—No, y tampoco sé lo que son.

—Son unos bichos de mar asquerosos de color rosa.

—¿Y por qué te los comiste?

—Para joderlos, por brutos y porque estaban pelados, pero el jamón es lo más rico del mundo.

—Eso sí lo probé una vez, que me dijo Salvador que era “bocato di cardinale”. No entendí lo que era, pero el jamón me gustó muchísimo.

—Hoy hay mucha luz en tu casa.

—Sí, mi dueño se ha echado novia. Se llama Ana, cenaremos en familia y ha traído a su madre y a su gata; un desastre, pero me tratan bien.

—La he visto salir esta mañana temprano, ¿es una rubita de culo respingón?

—Sí, pero no seas bruto, Turko. —No me escuchó, porque seguía contando lo de su familia; es un perro egocéntrico.

—Pues si te cuento lo del día de Reyes alucinas. Todos regalan a todos y montan un griterío tremendo desenvolviendo paquetes. Esta vez, la discusión fue entre cuñadas y aproveché para zamparme el roscón; fue gracioso ver a todos buscándolo, la hija jurando que lo había traído. “Lo he dejado en la encimera de la cocina”, aseguraba la pobre confundida. Y la cuñada sentenció: “Si lo llego a saber, hubiese traído uno grande y relleno de chocolate”. Se acabaron mandando a la mierda y el abuelo casi vuelve a sacar la escopeta. La madre decía que sí, que ella creía haberlo visto. Así que todos se pusieron como locos a buscar el roscón; solo el niño más pequeño, que no sabe hablar todavía, me había descubierto, pero no podía delatarme. Me tumbé cerca de un radiador y mientras unos se fueron a la pastelería y otros se acomodaron en el salón para tranquilizar a la abuela, me zampé una bandeja de embutidos que dejaron en la mesa de la cocina.

—Mi dueño dice que estas son las fiestas del consumismo.

—Buenooo, ¿además de francés es de izquierdas?

—Depende de cómo lo pilles, a veces dice que es católico liberal y otras que es anarquista. A mí eso me da igual. Hemos pasado algunas Navidades solos y eso me viene bien porque prefiero el silencio.

—No sabes lo que te pierdes, hay una nieta en esta familia que es medio anoréxica y me da por debajo de la mesa las croquetas; y el abuelo que no puede masticar turrón por lo de la dentadura postiza, me da su ración sin que nadie se entere. Además, de erotismo ni te cuento: hay una prima a la que todos llaman la prima Remedios, que se agacha para acariciarme y luce un escote espectacular con dos hermosas voluptuosidades que siempre pienso: ¡A esta la remediaba yo!

—Tú eres un perverso, mira que gustarte las mujeres…

—A mí, todo lo que huela a hembra me levanta el ánimo y es que a mi las ñoñerías me excitan.

—¿Tus dueños se vuelven ñoños con las Navidades?

—Ya te digo, colaboran con varias asociaciones de pobres y lloran cuando salen africanos por la tele ahogándose en el Mediterráneo, pero luego a la abuela materna no le hacen ni puto caso.

—¿Pero en qué casa vives?

—Pues la casa de todos sus amigos son iguales…

—¡Saturnooooo! —gritó Teodoro. 

—Me voy, que me llaman.

—¿Pero obedeces siempre a tu dueño?

—Yo sí, siempre, soy un perro fiel.

—Pringaoooo.

En la casa estaban ya todos y Alba, una gata blanca y presumida, me esperaba detrás de la puerta preparada como siempre a largarme un discurso sobre las malas costumbres.

—¿Has estado con tu amigote, verdad? Hueles raro.

La ignoré, me senté cerca de la chimenea a dormitar un rato, pero ella dale que dale.

—Ese perro es un chulo machista y te está influyendo, te estás volviendo gruñón y pendenciero. En la declaración de los derechos de los animales se dice que…

Las monsergas me aburren, me levanté y me fui a los pies de Teodoro, que me acarició, me dio un trozo de pan y como estaba dicharachero empezó a contar aventuras mías:

—El otro día, pasamos cerca de la iglesia y, por casualidad, pasaban unos chiquillos cantando villancicos. Saturno, que no soporta la cantinela navideña, empezó a ladrar como un fiera. En ese momento, apareció por la puerta de la iglesia el párroco y se quiso lanzar como un animal a por él. Tiré de la correa con fuerza y pude retenerlo, pero ladraba con la furia de un perro loco. El pobre cura se arrinconó en un pliegue de la fachada de la iglesia, yo me disculpé y él se dirigió a Saturno diciendo: “Los perros también son criaturas de Dios”, y alargó la mano para bendecirlo. Así que le grité: ¡Ni se le ocurra padre, que este es de otra estirpe, está emparentado con los dragones del infierno! El párroco sonrió incrédulo, y al iniciar una frase en latín, las fauces de Saturno se abrieron como las compuertas de un submarino. El aullido resonó en el atrio como si fuese el grito del diablo; el cura corría calle abajo, tuve que atar la correa a un árbol, pues no tenia fuerza suficiente para sujetarlo. Después de un buen rato, cuando lo pude tranquilizar, todavía jadeaba rabioso; no sabía yo hasta que punto mi perro se volvía tan fiero con esto de las bendiciones, pero creo que fueron varias cosas: la matraca de los villancicos, el sonido de las panderetas, que es el sonido más desagradable del universo, y la sotana del párroco.

La gata muy celosa se me acercó y me murmuró:

—Eso es lo que eres, un perro satánico, cruel, asesino y chulo.

Pero entre cada uno de los adjetivos se le escapaba sin quererlo un leve ronroneo, y empezó a rozar su cuerpo de pelo suave con el mío, algo que me desarma y me ablanda.

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