sábado 18 septiembre 2021

Operación grafeno

Teo Carpena
Historias y leyendas de un hombre y su perro, que busca en los recuerdos su identidad. Teo Carpena emigró con su familia a Francia, después de la jubilación vuelve a Yecla y junto a varios amigos recompone su historia.

«Necesitamos dinero», o eso nos dijo Sean Connery, y sin saber cómo, nos vimos implicados en una aventura encaminada a ayudar al actor escocés a cumplir el sueño de volver a ser 007. Ana, de manera juguetona, lo había llamado «Operación grafeno”. Nos movía un impulso intuitivo, un entusiasmo desmedido y el empeño de mi difunta madre aparecida días anteriores de la mano del actor. Es posible que las grandes hazañas del ser humano nazcan de un presentimiento, y ahí estábamos nosotros esa noche, rondando con sigilo las calles desiertas de Yecla.

Fuimos a un cajero de la calle San Francisco a sacar dinero, comprobé mi saldo, el gobierno francés acababa de ingresar mi pensión.

—¿Sacamos mil? —pregunté.

—No seas tacaño, hay que ser espléndidos en estos casos, saca cuatro mil —respondió Ana.

—¿Cuatro mil? Mi cuenta quedará a cero.

—Eso no importa, cariño, el cine necesita de nuestro esfuerzo. Además, tenemos la misión de ayudar a tu madre y a su amante.

—Tienes razón, pero no me llames cariño cuando estemos de misión, que me salgo del papel y me ablando —y tecleé la cantidad con timidez. Luego la tecla aceptar. Me dolía hasta el alma… tanto dinero y todo de mi bolsillo.

El cajero empezó a escupir billetes de cincuenta y de cien como un loco, igual que las máquinas tragaperras cuando dan un premio. Ana los recogía a puñados; yo me quedé paralizado, volaron varios billetes hacia el parque y solo pude pensar que por ahí se escapaba la pensión del resto de mi vida, mi ruina.

—¡Espabila Teo y ayuda a coger billetes!

Llenamos mi mochila y la de Ana; además llené todos mis bolsillos. Los ojos de Ana brillaban. Cuando dejó de salir dinero, solicité ver el estado de mi cuenta y aluciné: ahora tenía un saldo de treinta mil euros y no quedaba ni rastro de lo que habíamos sacado.

—Vayámonos de aquí cagando leches —me gritó la jefa del operativo. Empezamos a caminar apretando el culo sin querer llamar la atención, subíamos hacia el ayuntamiento. Dieron las cuatro en el reloj de la Plaza, la madrugada helaba sin piedad y empezamos a escuchar sirenas de policía. Venían varios coches, qué digo varios, todos los coches de policía nacional, local y guardia civil armados de fusiles y pistolas. Revisaban todos los cajeros de la zona, estábamos escondidos dentro de una furgoneta de reparto que habíamos alquilado, sonaban las alarmas de todos los bancos.

—¡Habremos dejado nuestras huellas! —exclamé alarmado. Ana se rio:

—¿No te das cuenta de que llevamos guantes?

—¿Y las cámaras de seguridad? —pregunté preocupado. Ana volvió a reír.

—Cariño, de eso me encargué antes de salir de casa. Están todas bloqueadas, incluidas las de tráfico. El ‘gran hermano’ esta noche está ciego y tardaran varios días en solucionar los problemas, por lo tanto, ahora es nuestra oportunidad. —Ana estaba guapísima, con una falda ajustada, el pelo recogido enseñando sus ojos enormes y una blusa azul intenso.

—Avisa a nuestros ayudantes —me ordenó.

—Estarán dormidos —previne con cautela.

—¡Cómo que dormidos! Los agente deben permanecer atentos y esta noche… ¡no duerme nadie! Utiliza el móvil de tarjeta que conseguimos para estas ocasiones o utiliza el localizador de emergencias. —Me sorprendió ver cómo maneja mi chica el vocabulario del espionaje.

—¡En diez minutos junto a la plaza de toros, en el jardín de las Pencas! —lo dije en voz baja, como para despertarlos suavemente, pero con rotundidad; en ese momento, recordé el zapatófono del súper agente 86 y Ana me preguntó que de qué me reía. «Cosas mías», le contesté.

parque de las pencas
Parque de Las Pencas. Foto: Juan Miguel Ortuño

El Panocha apareció medio dormido con una zapatilla de cada color; pensé que con las prisas se habría confundido, pero nos contó que como era el conductor necesitaba saber cuál era el pie del embrague y cuál el del acelerador; Ana se llevó las manos a la cabeza, yo la tranquilicé:

—Es que es disléxico, pero conduce  mejor que  Fernando Alonso. —Pedrito, que era el encargado de los pasamontañas y de las máscaras, se olvidó la mochila y venía disfrazado de guerrillero cubano con boina a lo Che Guevara. Parecíamos una banda de lechuguinos. Apareció Salvador por la avenida de la Libertad, corriendo hacia nosotros…

—¿Qué pasa que no contáis con gente experimentada?

—No es eso, es que necesitamos gente joven y ágil —respondió Ana Karenina, pues así quería que la llamáramos ahora.

—Yo corro más que estos dos zánganos juntos —replicó Salvador.

—Eso habrá que verlo —contestaron a dúo los jovenzuelos.

—Vamos a la faena —espeté.

 La jefa, desde el asiento del copiloto, lanzó una arenga como hacen los líderes para animar a los subordinados:

—¡Somos un equipo, el mejor equipo, pero de ahora en adelante no dormiréis, solo descansaréis, y será cuando yo lo ordene. Y se acude a las misiones en perfecto estado de revista y no vestido de fantoche revolucionario! —eso me sonó de cuando hice la mili en Cartagena y recordé a un teniente amanerado que…

—Karpena, ¿está usted con nosotros?

—Sí, perdone usted jefa. —Mis amigos empezaron a reírse.

—¡Silencio! —gritó Ana.

—Yes —dijo Pedrito.

—Ni yes, ni oui, ni okey. Estamos en España, aquí se dice  “vale” —matizó Ana. Cómo me gusta mi novia cuando se pone así.

Aparecieron desde la carretera de Montealegre Sean Connery y mi madre con el R5 viejo con matrícula de Orense. Lo aparcaron delante de la plaza de toros y vinieron a la furgoneta. Aunque era grande, parecíamos sardinas en lata, todos bien apretados.

—Nos estamos saltando el distanciamiento social —dijo con sorna Salvador, pero mi madre lo mando callar.

—Son ustedes los artífices de la Operación Grafeno, una primera misión secreta. —Esto lo decía el viejo 007 con voz profunda y, por extraño que os parezca, lo hacia en un castellano perfecto.

—Tienen que jurar mano en alto que por el Imperio Británico y por el futuro del cine cumplirán con el compromiso de la operación bajo las órdenes de Ana Karenina —prosiguió Connery. Interrumpí en seco:

—Yo no puedo jurar por un imperio ajeno, si tengo que jurar, juro por España; eso sí, a las órdenes de Ana, siempre —y se montó un revuelo tremendo; todos hablábamos al mismo tiempo.

—¡Altoo! —gritó mi madre—. Pongamos orden, cada uno que jure por lo que le dé la gana, pero a la faena que se nos hace tarde —y en ese momento vimos aparecer por la calle Tejeras hacia nosotros un extravagante personaje con botas altas, pantalones bombachos y látigo en mano.

—Ah, se me olvidaba —dijo Sean Connery—. Este es un domador de cocodrilos que nos acompañará en el viaje. Detrás de él caminaba a ras de suelo, como es habitual en esos bichos, un cocodrilo enorme.

—A mí me dan mucho miedo esos animales —dijo el Panocha.

—No te preocupes —lo calmó Ana—, Salvador será el encargado de llevar en el maletero al cocodrilo hasta la rambla de Tobarrillas y luego dejará al domador en la estación de Renfe de Almansa. “Siempre me tocan los marrones”, dijo Salvador en voz baja, pero nadie lo escuchó.

El resto fuimos en la furgoneta hasta una localización que nos dieron sobre la marcha y que estaba entre Villena y Sax para recoger a dos actores gemelos a los que no debíamos ver las caras para dejarlos en la estación del AVE. Ana había conseguido los cuatro billetes hasta Madrid con identificaciones falsas: Inmaculada Martínez era el nombre falso para mi madre; Juan Francisco Alonso, para Sean Connery, que llevaba un sombrero de ala ancha para no ser reconocidos; y otros dos para los gemelos, Antonio y Vicente Muñoz.

Todo se desarrolló con normalidad a pesar de que el Panocha se equivocó de camino un par de veces. Recogimos a los gemelos a las 6:30 de la mañana en un oscuro camino y a las siete en punto los dejamos en la estación. Lo más importante, nos dijeron, era llegar a tiempo para subir en el AVE Alicante-Madrid; así lo hicimos, paramos en la puerta de la estación después de que Ana hubiera anulado las cámaras de vigilancia  desde su ordenador y volvimos a Yecla justo cuando abrían nuestro bar favorito para tomarnos unas tortas fritas y unos carajillos con anís; olía a fritanga. Encendieron la televisión y vimos las noticias de primera hora:

“Dos peligrosos delincuentes se han fugado de la cárcel de Villena de madrugada, la guardia civil está haciendo redadas por las casas de campo de la comarca, se supone que otro delincuente conocido como ‘El domador’ los acompaña. Además, hoy de madrugada se han perpetrado dos atracos importantes, uno en un cajero de una sucursal bancaria en Yecla y otro en una empresa de la misma localidad de donde han sustraído importantes documentos.

Nos miramos los cuatro con asombro, pero Ana Karenina afirmó con rotundidad:

—Estos telediarios están manipulados, no son delincuentes, son actores o agentes secretos y hemos cumplido con nuestra primera misión.

Al salir del bar, vimos a Salvador con el coche matrícula de Orense dándose un paseo y haciendo trompos.

—¿No te dije que te deshicieras del coche? —le preguntó la jefa con gesto amenazante.

—Ana, están todos los papeles a tu nombre, y además es un R5 con motor Ferrari; esto es impresionante, una joya en un sencillo envoltorio. Ideal para persecuciones.


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