Salvador y Los Truenos

Teo Carpena
Teo Carpena
Historias y leyendas de un hombre y su perro, que busca en los recuerdos su identidad. Teo Carpena emigró con su familia a Francia, después de la jubilación vuelve a Yecla y junto a varios amigos recompone su historia.

Dedicado a la gente sencilla que no consigue alcanzar su sueño, pero sigue creyendo que los sueños son el motor de la vida. A todos los que en algún momento han soñado, pero se perdieron por el camino. 

La música de nuestra época fue la mejor. Esa es una cantinela que repite mucha gente y Salvador asegura que en Yecla el mejor momento para la cultura y para la música Pop fueron los años sesenta y los setenta.

—¿Tantos grupos habían en este pueblo?

—Sí, fue una eclosión creativa; la música en directo era habitual cada domingo, existían cientos de grupos en un círculo de menos de doscientos kilómetros a la redonda. Algunos llegaron a ser famosos y grabaron discos, otros mantuvieron su actividad durante décadas y la mayoría se disolvió con más o menos ruido. Después vino otra generación que tomó el relevo; también fueron muy numerosos y quizás tenían el mismo entusiasmo, pero ya no fue lo mismo.

—Bueno, esa es una visión nostálgica. ¿Cuántos años teníais entonces?

—Entre quince y diecisiete; el Escarcha era el mayor, tenía diecinueve.

—Siempre recordamos nuestra juventud como la mejor época y eso es lo que te pasa.

—Es posible, nosotros queríamos viajar, descubrimos que el mundo era más grande gracias a la música que escuchábamos. Soñábamos con viajar a Londres o a Nueva York y ver en directo a nuestros grupos favoritos. También pensábamos que los hippies acabarían con las guerras y que la libertad era una paloma; todo eso lo imaginábamos escuchando aquellas canciones con letras que no entendíamos y llenamos las paredes del local con fotos de famosos. La música daba sentido a nuestra vida después de diez horas en una fábrica de muebles. ¡Si nosotros hubiéramos tenido Internet, otro gallo habría cantado!

—No sabía que hubieses sido tan soñador…

—Amigo, no se deje llevar por las apariencias, sigo siendo un soñador con tijeras de podar en las manos. —Salvador se siente muy orgulloso de su oficio.

—Háblame de los grupos.

—Los primeros fueron La Orquesta Alcey; estos fueron los mas longevos. Y Los Clayer, que incorporaron a una mujer en los teclados. Para mi gusto, el momento más importante fue cuando nacieron Los Bleytons, Los Chicos, El Alba, The Dukel´s y, un poco mas tarde, Uranio 235; y muchos más que no recuerdo sus nombres, que no llegaron nunca a actuar en publico. Nosotros éramos Los Truenos.

—¿Y cómo empezó todo?

—Allá por 1969 o 1970, habíamos formado una peña de amigos; éramos seis componentes. La abuela del Rubio nos dejó una vieja casa en la calle San Cristóbal; allí organizábamos nuestros guateques, de hecho, allí apareció mi reina —dijo Salvador, mirando a Concha.

—No seas zalamero y al grano; cuéntale a Teo la historia de Los Truenos —respondió Concha.

—Vale. Un verano vino al pueblo el primo del Escarcha que vivía en Alicante y nos contó que su pandilla de amigos había creado un grupo de música, así que pusimos en marcha nuestra imaginación. Necesitáis referencias, nos dijo el primo alicantino.

—Aquí tenemos varios grupos, le dijimos nosotros.

—Necesitáis escuchar a los buenos, a los británicos. ¿Alguno de vosotros sabe tocar la guitarra?

—Yo sabía tocar la bandurria y el Rubio el tambor. «Eso es más que suficiente», nos dijo El Charly, que así se hacía llamar. Nos miramos todos con entusiasmo y empezamos a fraguar nuestro proyecto. Nos habló de grupos que no sabían tocar instrumentos y que aprendiendo varios acordes y echándole un poco de imaginación ahora eran muy famosos. Todos asentíamos, y nosotros le contamos lo de los conciertos en Las Vegas (Las Vegas de Yecla, claro) las actuaciones en el patio de la OARY o las de Los Rosales, donde cada domingo traían grupos diferentes; un día, incluso, vinieron Los Puntos.

—Conseguir el nombre del grupo fue fácil; la noche que estábamos en la vieja casa discutiendo el nombre de nuestra banda, (entonces se decía conjunto) sonó un trueno que más bien pareció una bomba; se fundieron los plomos, nos quedamos a oscuras y Pepe ‘el Chatarra’ gritó: «¡Así tenemos que sonar nosotros, como este trueno!» Nos hizo mucha gracia y además como era un nombre rotundo… 

—¿Y el aprendizaje?

—Juanico «el Gordo» contó que conocía al Ponte, que era uno de los Bleytons, mientras que el Escarcha conocía a Pepito Chiclé, que era el cantante de los Dukel´s. Yo era amigo del Chato ‘el de El Alba’. Hablé también con mi vecino El Paja, que era un tío muy simpático, con el pelo largo, que cantaba bien y siempre andaba enganchado a una guitarra.

—¡Escuchad a los británicos! Los demás son unos paletos —insistía el primo del Escarcha. Vosotros podríais ser como los Rolling Stones españoles; esa idea nos gustó. Conseguimos un disco de los Rolling Stones, alucinamos con la cara de Mick Jagger y de Keith Richards. Yo quería ser guitarrista como este y aquella noche el sueño de Los Truenos empezó a vislumbrase cercano.

—El Escarcha se entendió bien con el Paja y empezaron a practicar acordes —proseguía entusiasmado Salvador—. Hablamos con Los Chicos y nos dejaron una vieja batería; el Rubio empezó a golpear aquello con una insistencia de locura. No sé cómo se las arreglaron entre el Rubio y el Escarcha, que consiguieron una guitarra Fender; nunca quise preguntar. El primo alicantino, que manejaba mucho dinero porque su padre regentaba un hotel en San Juan nos consiguió discos, un bajo nuevo y unos amplificadores de segunda mano, y nos aseguró que nuestro debut sería en el hotel; aquello marchaba. Pepito Chiclé enseñó al Gordo a cantar, sobre todo a mantener una actitud rockera.

Salvador apenas me dejaba intervenir, estaba entusiasmado contándome la historia de Los Truenos:

—Los ensayos eran infernales, se quejaban los vecinos y se nos disparaban los plomos; tuvimos que avisar a nuestro amigo Luciano, que era electricista; no sé qué magia hizo con unas conexiones supuestamente ilegales que ya no volvió a faltar la corriente en nuestro local. Lo de los vecinos intentamos solucionarlo llenando las paredes de hueveras de cartón.

—Concha estrenó una minifalda de vértigo, estaba guapísima y la novia del Escarcha te tiñó de rubio platino. El Gordo, gracias a su nuevo look y a los consejos del Dandy, que era el cantante de Los Bleytons, adquirió un aire interesante y se ganó el apodo de “El cantante de Los Truenos”. Sin duda, eso sonaba mejor que El Gordo para ligar y empezó a salir con la Juani, que sigue siendo su mujer y era un bombonazo.

—Y sigue siéndolo —aclaró Concha, casi ofendida que escuchaba a Salvador con la misma atención que yo.

—El Escarcha, Juanico ‘el Gordo’, El Rubio y Salvador ‘el Rata’, una formación clásica. Santiago se encargaba de grabar en una casete los ensayos, era nuestro técnico y el encargado de elegir repertorio. Pepe ‘el Chatarra’ se ocupaba de hablar con los vecinos para tranquilizarlos y ya había negociado una actuación con ‘el Turco’, que era el dueño de Las Vegas; y con los del Club Cynda otra; era nuestro representante.

—Varios meses después, el primo de Alicante vino a escuchar a su banda. Eso dolió a más de uno: ¿cómo que ‘su’ banda? Y como iba de moderno, decía que nos faltaba gancho. ¿Gancho? Todos pensábamos que era idiota. Nos dijo que él sería nuestro representante: “Yo soy el quinto Trueno”, se definió. Venía con un amigo rockero con chupa de cuero y tachuelas que nos contó que tocaba con Bruno Lomas. Pero desde aquel día, El Charly y Pepe ‘el Chatarra’ chocaron.

—El gancho se lo voy a dar yo a ese puto fantoche—dijo nuestro amigo y añadió: «Aquí el único quinto trueno soy yo».

—Queríamos tocar como los ingleses y sonábamos descompasados, pero eso nos gustaba. Años más tarde aparecieron los grupos punk; yo creo que nosotros nos adelantamos a nuestra época.

—Pero ahora también hay muchos grupos y mucha actividad musical en el pueblo —le contesté por fin.

—Aquello era otra cosa  Teo —y cuando hablaba del pasado se le iluminaba la cara—. Nosotros no teníamos formación, no sabíamos solfeo. Fue la época gloriosa del pop, era la música de los pobres, agarrábamos la guitarra con devoción; tener entre los brazos una Fender era casi un milagro; ahora tiene guitarra cualquiera y además no la valoran igual.

—¿Y disteis algún concierto en público?

—No, el Rubio le dio una paliza a un hijo del Turco; se peleó con Teresa, la de los Rosales, y mandó a la mierda a los del Cynda. Además, el Chatarra cumplió su palabra y le soltó un gancho al Charly que yo creo que aún seguirá sangrando y este reclamó los amplificadores y la guitarra. El Escarcha se fue a la mili, el Gordo montó una empresa de muebles, el Chatarra siguió con lo suyo y yo empecé a ayudar a mi padre y aprendí este maravilloso oficio de domar las ramas. Es más, no conseguimos aprender entera ninguna canción, no llegamos a definir un repertorio, pero aprendimos mucho; la música cambió nuestras vidas y descubrimos que otros mundos eran posibles. Eso sí, nos reunimos a veces e imaginamos que Los Truenos pudieron ser teloneros de los Rolling.

«A veces hago repaso de todos aquellos protagonistas», concluye Salvador. «La mayoría siguió con sus oficios y con su vida, pero conectados a la música; y me río pa’ mis adentros pensando en lo bien que lo pasábamos y en lo jóvenes que éramos».


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