miércoles 08 diciembre 2021

Mi San Isidro particular

Concha Ortega
Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación.
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La festividad de San Isidro que yo recuerdo es muy diferente de la de ahora o, al menos, esa es mi percepción.

Mi madre, de joven, bailaba con la agrupación de coros y danzas, de lo que tenía muy buen recuerdo y se sentía orgullosa, algo que evocaba en casa  con frecuencia. A mí me aburría, porque lo del folklore nunca me llamó demasiado la atención. Jotas y fandangos, refajos, mantones, enaguas y alpargatas, moños con claveles clavados, lazos y calzones, son objetos y parafernalias que nunca me atrajeron, ni de niña ni de adolescente.

Tal vez mi madre no supo trasmitirme su entusiasmo, su amor por esta fiesta tan popular de nuestro pueblo. Jamás me vestí de labradora, ni participé activamente en el festejo, a pesar de que el valioso traje de mi madre durmió cuidadosamente guardado en una funda en el fondo de un armario del trastero durante décadas. Tampoco ella me lo sugirió nunca, que yo recuerde. De joven, me sentía rockera, más que ninguna otra cosa (no olviden que los que nacimos en los 60 somos hijos de La Movida, y esta caló fuerte en mí, al menos en lo que a las aficiones musicales y estéticas se refiere). No soy buena yeclana en ese sentido.

Sin embargo, siguen vivos algunos recuerdos amables y sensaciones muy agradables de la onomástica del santo labrador. Lo primero y más grato es la fecha en la que se celebra, en pleno apogeo de la primavera y muy próxima al verano y a las deseadas vacaciones escolares; es la época en la que las amapolas y las margaritas rompen con su colorido el verde intenso de los campos de cereales, y en el que golondrinas y vencejos llenan de actividad el cielo al atardecer; en máximo contraste con los inviernos, que recuerdo fríos y desapacibles, una pesadilla de vida en aquellas casas, humildes o no, poco acondicionadas a las gélidas temperaturas.

La llegada de la primavera nos traía siempre, por tanto, una gran dosis de alegría y renovada energía. En segundo lugar, y el más importante, ya que la primavera siempre llega en nuestro auxilio, aunque no se celebre la fiesta de San Isidro, es el gran desfile de las carrozas.

De niña, me parecía algo maravilloso y mágico. No entendía la compleja ingeniería y dedicación que requería su construcción, a base de ir pegando minúsculos pedacitos de papel de seda de colores sobre superficies de cartón, para ir formando figuras de tamaño colosal, que dan como resultado recreaciones edulcoradas de la vida campesina y labriega: casas huertanas, árboles, flores, amapolas, margaritas, rosas, claveles, hasta con sus insectos autóctonos: abejas, mariquitas, saltamontes y mariposas absorbiendo su néctar; molinos, trenes, cerámicas camperas, herramientas agrícolas, frutas y hortalizas, cacerolas, sartenes, muebles con sus tapetes de puntillas incluidos, etc. En fin, todo un mundo bucólico y campestre que tanto nos gusta a la gente de Yecla y que rememora nuestra tradición agrícola.

Pero el apogeo llegaba con el final de la cabalgata, cuando los pequeños entrábamos en escena. En cuanto la última carroza finalizaba su recorrido y entraba en el recinto, corríamos como ratones al queso, o buitres a la carroña o, más lindamente, como hormigas a la miel, para destruirlas. Porque las carrozas se caracterizan desde siempre por ser efímeras.

Horas y horas de dedicación de muchas personas para, como las fallas, acabar con ellas cumplido su ciclo vital con el final de la cabalgata. Cada uno cogía los cartones coloreados que podía y se los llevaba para casa como la posesión más preciada, solía haber para todos, aunque aquello podía dar lugar a alguna disputa menor. En alguna ocasión, recuerdo haber conseguido algunos pedazos grandes de distintos colores que usaba para decorar mi habitación, o para hacer construcciones para jugar en el patio. El tiempo pasaba, las semanas, los meses, y aquellos pedazos mágicos de artesanía iban perdiendo color y brío. Cuando deslucían lo suficiente, llegaba el momento de arramblar con ellos y mandarlos a la basura, pues ya habría ocasión de reemplazarlos en la siguiente festividad de San Isidro.

Hace unos días nos enteramos por la prensa local que las fiestas de San Isidro de Yecla, por fin, han sido declaradas merecidamente de Interés Turístico Nacional, en reconocimiento al valor cultural y tradicional que representan, lo que es un motivo de júbilo y orgullo para cualquier paisano que se precie, incluida yo misma.

La festividad de San Isidro se celebra como tal desde 1945, lo que no es demasiado tiempo. Su duración es corta, se celebra en una jornada que se hace coincidir con el sábado más próximo a la onomástica. Los distintos actos que componen esta celebración, desde la elección y proclamación de las Reinas y Damas de las Fiestas, el Pregón, las celebraciones eucarísticas dedicadas al santo, verbenas, pasacalles, actuaciones de los grupos folklóricos y musicales son muy similares a cualquier otra fiesta del territorio español.

Lo que, según mi criterio, la hace especial, singular y diferente es, precisamente, la Gran Cabalgata. Son sus sorprendentes carrozas las que hacen de esta fiesta un acontecimiento único y excepcional. Porque comer, beber, las borracheras, el jolgorio y el descontrol, sea excesivo o no, que cada uno lo valore como considere, no tiene nada extraordinario, es común a cualquier fiesta que se precie.

Mi madre es ahora una anciana que ha olvidado la mayor parte de su pasado y, aunque todavía me reconoce como su hija sin demasiada convicción, todo hay que decirlo, ya no recuerda los pasos del Fandanguillo de Yecla que tanto le gustaba bailar, y tampoco que, en su juventud, participaba con entusiasmo en la festividad de San Isidro vestida de labradora, subida a una carroza, saludando a los amigos y conocidos, disfrutando intensamente del momento como la que más.

Estoy segura de que, si estuviera en plenas facultades, no se perdería el desfile de carrozas que tanto la emocionaba por nada del mundo, como ha hecho toda la vida. En estos dos últimos años en los que no ha habido celebración por la pandemia, su deterioro se ha acentuado considerablemente, pero si el próximo año hemos conseguido superar todos los contratiempos y, como se prevé, se retoma la celebración, la llevaremos en su silla de ruedas a que disfrute de su cabalgata preferida.

Estoy deseando ver su reacción, comprobar si aún es capaz de revivir sensaciones de antaño, aunque estoy segura de que brotarán en su mente un sinfín de recuerdos llenos de papelitos de colores que vendrán a atenuar su confusión y proporcionarle emoción y alegría, aunque solo sea por algunos instantes.


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Concha Ortega
Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación.
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