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❄️ sábado 28 enero 2023

Desnortado (del diario de un neurótico)

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El bullicio y las calles repletas de gente desconocida me parece el lugar más apacible para la meditación, ya que las cimas de los montes están invadidas por usurpadores de cielos ajenos.

El silencio de las madrugadas y el ruido de los truenos retumbando en la noche me ponen místico, por eso creo que mi sistema auditivo debe tener alguna conexión averiada.

Cada martes voy a un polígono industrial cercano a escuchar el ruido de las máquinas, y el sonido de la sierra cortando tablones me sumerge en un estado de ensoñación apacible. El jaleo de los mercados me ayuda a reconciliarme con la soledad, pero el grito de la chiquillería adolescente me irrita hasta el punto de desearles de mudez absoluta de por vida.

Disfruto en las discusiones apasionadas y cuando todos están de fiesta, me vuelvo laborioso.

—Eres un toca huevos de libro —me dice el Panocha.
—No, un habitante de la disidencia —le contesto, y es que mis amigos creen que engaño o exagero en todo lo que cuento. ¡Incrédulos!
—Eres un puto francés refinado en tierras ibéricas —me responde con ironía Salvador.
—Eres un equidistante disperso —señala Pedrito.

Y es que no entienden que en las discusiones apasionadas es donde se afianza la amistad. Me divierto viendo a contertulios enfadarse y entonces es cuando esgrimo mis mejores argumentos.

También creo que ser un inmigrante permanente es una ventaja, porque siempre estás de paso y pienso que la vida va de eso, de fluir de un lugar a otro sin dar explicaciones, de hacerse preguntas y de buscar excusas para no quedarse quieto. Sin embargo, cuando descubres que las respuestas escasean y la tregua es inalcanzable, aparece un precipicio insalvable y atractivo. (Los precipicios tienen una fuerza atrayente innegable. Me gusta pasear por el borde, arriesgando la vida si es preciso para encontrar una pizca del misterio).

Decía mi madre que yo era un pesimista entusiasmado, contradictorio y cansino. Las madres siempre tan certeras.

Amanezco algunos días con vértigo cuando pienso que el futuro es cada vez más estrecho, entonces agarro a mi perro y nos perdemos por los caminos y nos da igual a qué municipio o a qué país pertenezcan esas tierras, porque entiendo que solo en el acto de caminar puede encontrarse alguna respuesta.

—Hoy amaneció mojado —me dijo Ana—. Abrígate.

Los madrugadores disfrutamos de los amaneceres, es la mejor luz del día: Entre sombra y claridad, y todo es confuso. En esas lindes me manejo con destreza.

Es verdad que uno es como es y no puede cambiar la tendencia neurótica y obsesiva. Para los perezosos, vivir en la duda permanente es agotador, pero no para un emigrante desnortado, porque por mucho empeño que pongas en que no se note el acento o la extranjería, tu cabeza deambula por otros lugares y la mirada se te vuelve nostálgica. Y lo grave es que cuando vuelves al lugar de origen, también te sientes extranjero y en ese debate interior en el que sabes que no eres de ningún lugar, aparece algo de desasosiego y un ramalazo de excitación.

Salvador, que es la persona que conozco más apegada a la tierra y al presente, me mira con asombro cuando hablo de estas cosas. Él es del aquí y del ahora.  En su mirada se trasluce una luz cristalina y nos canta una jota aragonesa para celebrar el día del Pilar.

Dicen que dudar es de inteligente, no lo tengo yo muy claro, lo que sí tengo claro es que en las certezas no hay respuestas.
Y por cierto, me gusta más la cassoulet que el arroz con conejo. Concha dice que eso sí que es una extravagancia.

Mi perro y yo llegamos a Yecla en busca de identidad. Pensé que por el hecho de haber nacido aquí y por haber sido educado en las leyendas locales y en el recuerdo de mis padres, podría sentirme cómodo. Cuando apareció Ana y empezó nuestra historia amorosa, me convencí por fin de haber encontrado el lugar adecuado.

«No soy de aquí, ni soy de allá,
no tengo edad ni porvenir
y ser feliz es mi color de identidad»
Canta Facundo Cabral y yo lo escucho con deleite.


Relatos de Teo Carpena

Teo Carpena
Historias y leyendas de un hombre y su perro, que busca en los recuerdos su identidad. Teo Carpena emigró con su familia a Francia, después de la jubilación vuelve a Yecla y junto a varios amigos recompone su historia. Contacta conmigo en teocarpena@yahoo.es
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El bullicio y las calles repletas de gente desconocida me parece el lugar más apacible para la meditación, ya que las cimas de los montes están invadidas por usurpadores de cielos ajenos.

El silencio de las madrugadas y el ruido de los truenos retumbando en la noche me ponen místico, por eso creo que mi sistema auditivo debe tener alguna conexión averiada.

Cada martes voy a un polígono industrial cercano a escuchar el ruido de las máquinas, y el sonido de la sierra cortando tablones me sumerge en un estado de ensoñación apacible. El jaleo de los mercados me ayuda a reconciliarme con la soledad, pero el grito de la chiquillería adolescente me irrita hasta el punto de desearles de mudez absoluta de por vida.

Disfruto en las discusiones apasionadas y cuando todos están de fiesta, me vuelvo laborioso.

—Eres un toca huevos de libro —me dice el Panocha.
—No, un habitante de la disidencia —le contesto, y es que mis amigos creen que engaño o exagero en todo lo que cuento. ¡Incrédulos!
—Eres un puto francés refinado en tierras ibéricas —me responde con ironía Salvador.
—Eres un equidistante disperso —señala Pedrito.

Y es que no entienden que en las discusiones apasionadas es donde se afianza la amistad. Me divierto viendo a contertulios enfadarse y entonces es cuando esgrimo mis mejores argumentos.

También creo que ser un inmigrante permanente es una ventaja, porque siempre estás de paso y pienso que la vida va de eso, de fluir de un lugar a otro sin dar explicaciones, de hacerse preguntas y de buscar excusas para no quedarse quieto. Sin embargo, cuando descubres que las respuestas escasean y la tregua es inalcanzable, aparece un precipicio insalvable y atractivo. (Los precipicios tienen una fuerza atrayente innegable. Me gusta pasear por el borde, arriesgando la vida si es preciso para encontrar una pizca del misterio).

Decía mi madre que yo era un pesimista entusiasmado, contradictorio y cansino. Las madres siempre tan certeras.

Amanezco algunos días con vértigo cuando pienso que el futuro es cada vez más estrecho, entonces agarro a mi perro y nos perdemos por los caminos y nos da igual a qué municipio o a qué país pertenezcan esas tierras, porque entiendo que solo en el acto de caminar puede encontrarse alguna respuesta.

—Hoy amaneció mojado —me dijo Ana—. Abrígate.

Los madrugadores disfrutamos de los amaneceres, es la mejor luz del día: Entre sombra y claridad, y todo es confuso. En esas lindes me manejo con destreza.

Es verdad que uno es como es y no puede cambiar la tendencia neurótica y obsesiva. Para los perezosos, vivir en la duda permanente es agotador, pero no para un emigrante desnortado, porque por mucho empeño que pongas en que no se note el acento o la extranjería, tu cabeza deambula por otros lugares y la mirada se te vuelve nostálgica. Y lo grave es que cuando vuelves al lugar de origen, también te sientes extranjero y en ese debate interior en el que sabes que no eres de ningún lugar, aparece algo de desasosiego y un ramalazo de excitación.

Salvador, que es la persona que conozco más apegada a la tierra y al presente, me mira con asombro cuando hablo de estas cosas. Él es del aquí y del ahora.  En su mirada se trasluce una luz cristalina y nos canta una jota aragonesa para celebrar el día del Pilar.

Dicen que dudar es de inteligente, no lo tengo yo muy claro, lo que sí tengo claro es que en las certezas no hay respuestas.
Y por cierto, me gusta más la cassoulet que el arroz con conejo. Concha dice que eso sí que es una extravagancia.

Mi perro y yo llegamos a Yecla en busca de identidad. Pensé que por el hecho de haber nacido aquí y por haber sido educado en las leyendas locales y en el recuerdo de mis padres, podría sentirme cómodo. Cuando apareció Ana y empezó nuestra historia amorosa, me convencí por fin de haber encontrado el lugar adecuado.

«No soy de aquí, ni soy de allá,
no tengo edad ni porvenir
y ser feliz es mi color de identidad»
Canta Facundo Cabral y yo lo escucho con deleite.


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