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martes 09 agosto 2022

Idealistas y abejorros

Teo Carpena
Historias y leyendas de un hombre y su perro, que busca en los recuerdos su identidad. Teo Carpena emigró con su familia a Francia, después de la jubilación vuelve a Yecla y junto a varios amigos recompone su historia.
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Hay gente tan prosaica bajo la capa del cielo que todo lo que viven y todo lo que ven carece de importancia; y lo más grave es que el trabajo o las aficiones de los demás siempre les parecen vulgares. Son dañinos, miran de medio lado y exhiben sonrisas de vinagre.

Alguna fuerza maligna invisible creó a los derrotistas para poner freno a los sueños de los emprendedores.

Creo que la especie humana en esencia es perniciosa, pero en todas las familias siempre nace un entusiasta capaz de mejorar la especie y eso es lo que mantiene al mundo en pie.

Entre los soñadores y los vitalistas podrían conquistar la libertad absoluta, el conocimiento total y transgredir el orden; por eso el mal hizo nacer a los pesimistas, a los pegados al suelo, a los simples y a los realistas (mi abuelo los llamaba abejorros, porque siempre van mascullando sentencias). A estos, les resulta peligroso y molesto todo lo que vuela y no soportan cerca a nadie que albergue ilusiones.

Son gentes de aspecto sencillo, pero perece que cobran sueldo de los poderosos para desanimar a los atrevidos. Les molesta cualquier debate o cualquier idea que pretenda cambiar el ritmo monótono y aburrido del acontecer diario. Son un ejército de realistas dispuestos a frenar a las almas voluntariosas. Me ha salido rimbombante, pero es que me caliento con este tema.

Imagino a uno de estos malditos personajes disfrazado de vecino, de padre o de maestro de Leonardo Da Vinci:

—No está mal chaval, pero tienes que pensar en cosas prácticas; eso que dibujas no son nada más que fantasías, tienes que sacar rendimiento a tu trabajo.

Casi siempre son adultos y dicen velar por tu futuro, regalando consejos prácticos que nadie les pidió. Les chirrían los dientes cuando ven a un joven entusiasmado… Imagino a uno de estos cabrones intentando aleccionar a Mozart:

—Tocas bien el piano, pero no te creas que puedes vivir toda la vida de esto; búscate un empleo conveniente, dedícate a dar clases…

Menos mal que ni el italiano ni el austriaco hicieron caso de los mediocres; ellos sabían que podían cambiar la historia del arte.

También Magallanes sabía a dónde dirigir su tripulación y no faltaron los malditos prosaicos ignorantes.

En el fondo, a los abejorros les corroe la envidia y vulgarizan el trabajo o las ilusiones ajenas para sentirse seguros; todo lo novedoso les produce vértigo. Y recuerdo a raíz de esto a Isabel Barreto, la gallega que fue «La Reina de los Mares del Sur», la primera mujer almirante y que dirigió expediciones atravesando el Pacifico por el hemisferio sur, ampliando el mundo y el conocimiento… Ella y todos los marineros de la época fueron olvidados y son ahora silenciados o tratados como colonizadores crueles.

Los realistas y comerciantes dominan el mundo y pretenden anular la excelencia en favor del aborregamiento o mandando a cavar a todos los genios y a todos los aventureros, porque ellos solo valoran el trabajo con sudor.

Hace unos días escuché a un viejo desdentado contando a sus amigotes del parque lo de fallecimiento de Vangelis:
—¿Quién era ese?
—Un músico griego y uno de los mejores creadores de bandas sonoras.
—Un músico menos, hay demasiados —contestó otro.
—¡Oiga, que ese hombre hizo obras maestras inolvidables! —intervine yo.
—La música solo es ruido y no cambia nada con un músico de menos; a ese le habría dado yo un pico y una pala, para música la que hago yo con mi bandurria —y después de la frase sonrió satisfecho; yo me despedí lo más amable que pude.

Nos vamos de vacaciones, el viaje no será largo, pero las maletas son voluminosas y los preparativos intensos. Me ausento de estas páginas unas cuantas semanas; os mandaré alguna postal.
Ana y mi hermana Jeannet están nerviosas y corretean por la casa escaleras arriba, escaleras abajo; remueven en los armarios y las escucho canturrear afanadas en los preparativos. Yo tengo mi maleta en la puerta, la hice ayer por la tarde. Los tres estamos impacientes con el inicio de las vacaciones, somos capaces de ilusionarnos con cualquier acontecimiento, llevamos dos años sin ir a Francia. Saturno ha sido el primero en subir a la furgoneta, creo que le pasa lo mismo que a mí, en cuanto atravesamos los Pirineos nos cambia el carácter.

Salud para todos y no se olviden de refrescarse.


Relatos de Teo Carpena

Teo Carpena
Historias y leyendas de un hombre y su perro, que busca en los recuerdos su identidad. Teo Carpena emigró con su familia a Francia, después de la jubilación vuelve a Yecla y junto a varios amigos recompone su historia.
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