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❄️ miércoles 01 febrero 2023

Algunas preguntas sobre el infierno

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Mis amigos son discutidores apasionados, pero no discuten sobre la fecha de la boda de la princesa Margarita de Suecia, o sobre en qué año nació don Pelayo; todo eso está en Google. Teorizan sobre la temperatura media del infierno y se hacen preguntas serias de este tipo:

—¿Cuál será la temperatura media del infierno y cómo olerá este por culpa del sudor de los infieles?

Yo creo que debe oler a coliflor achicharrada pero cociéndose hasta la eternidad. Las televisiones y las redes están llenas de discusiones sobre economía, sobre política y sobre otros temas igual de insustanciales, que han vuelto a la gente más superficial y más dogmática de lo que ya eran por naturaleza.

Deberían hacerse preguntas menos terrenales y refrescarlas con fluidos oníricos.

—Nosotros luchamos contra la estulticia, contra los catecismos y contra el poder establecido. —El Panocha, siempre tan efusivo.

Nos han propuesto organizar nuestras tertulias en público, en algún medio local. Nos negamos de pleno y Salvador ha gritado con razón una frase que todos firmaríamos ante notario si fuese necesarios.
—¡No somos tertulianos, somos adictos a discusiones de profundidades antojadizas!

Y es que una vez apareció un amigo de Pedrito que quería debatir sobre problemas sociales de actualidad, le dimos una cantimplora para el viaje y lo mandamos a la mierda, porque eso que algunos llaman la realidad no nos interesa.

Las preguntas y las ocurrencias resultantes de algunas jornadas del grupo de discutidores impertinentes, las escribe Ana en un cuaderno desde hace un año. Os transcribo algunas de las más habituales:

  • ¿Huele a azufre Lucifer? Mi abuelo aseguraba que, las marquesas saben a mortadela recalentada y que ese era el perfume del demonio.
  • ¿Por qué cojones soñando somos generosos y viviendo somos tacaños?
  • ¿Qué estarías dispuesto a sacrificar por la inmortalidad o por vivir 150 años?
  • ¿Quién prefieres que gobierne el mundo, las máquinas con sus algoritmos o los orangutanes? Ese día, recuerdo que estábamos todos de acuerdo: los orangutanes se adueñarán del mundo después de que las máquinas nos destruyan.
  • Si la pureza del alma se pudiera visualizar en un escáner, ¿estaríais dispuesto a someterte a limpieza y desinfección para poder llegar al cielo? Dice Concha que de existir el alma será como el culo, redonda agujereada y peluda. En eso no estaba de acuerdo casi nadie, pero lo dimos por bueno.
  • ¿Existirán los pensamientos secretos en el 2050? Yo creo que los cerebros de los humanos se volverán transparentes y nadie se atreverá a pensar.
  • ¿Debería ser obligatorio que los padres amamantes con pechos implantados?
  • ¿Se inventaron las máquinas para servirnos o nacimos para servir a las máquinas?
  • ¿Serán los escarabajos el alimento preferido de nuestros nietos?
  • ¿Y si Dios existiera y estuviera descojonándose de risa al ver cómo su obra magna se autodestruye?
  • ¿Y si no somos los humanos la obra suprema y solo somos un accidente calamitoso? «Dios no existe», aseguró Salvador e inmediatamente nos liamos a discutir sobre el asunto porque es nuestro tema preferido. En ese momento, el cielo se nubló, sonó un trueno ensordecedor, después apareció un rayo luminoso alumbrando el campo y los cerros y yo aclaré que esa era la señal inequívoca de que el Todopoderoso nos había mandado una advertencia.

El domingo pasado trajo Salvador a un nieto suyo que parecía Séneca por la manera tan erudita de hablar y entendía las ironías con tanta facilidad que no parecía ni yeclano ni español. Y mirándome fijamente me preguntó:
—¿Eres el que eres o el que dices ser?

Todavía lo estoy pensando, pero para no parecer indeciso frente al mocoso, le respondí que yo soy yo; él me replicó que el yo no existe, que es una invención del sistema dominante.

Lo nombramos miembro insigne de nuestro grupo, pero el tío siguió y remató con una frase lapidaria:

—Las palabras son aire adornado y la materia está en continua transformación. Y, por cierto, reniego de vuestro ofrecimiento porque no me gusta debatir con viejales.

Salvador le dio un pescozón y todos aplaudimos.


Relatos de Teo Carpena

Teo Carpena
Historias y leyendas de un hombre y su perro, que busca en los recuerdos su identidad. Teo Carpena emigró con su familia a Francia, después de la jubilación vuelve a Yecla y junto a varios amigos recompone su historia. Contacta conmigo en teocarpena@yahoo.es
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Mis amigos son discutidores apasionados, pero no discuten sobre la fecha de la boda de la princesa Margarita de Suecia, o sobre en qué año nació don Pelayo; todo eso está en Google. Teorizan sobre la temperatura media del infierno y se hacen preguntas serias de este tipo:

—¿Cuál será la temperatura media del infierno y cómo olerá este por culpa del sudor de los infieles?

Yo creo que debe oler a coliflor achicharrada pero cociéndose hasta la eternidad. Las televisiones y las redes están llenas de discusiones sobre economía, sobre política y sobre otros temas igual de insustanciales, que han vuelto a la gente más superficial y más dogmática de lo que ya eran por naturaleza.

Deberían hacerse preguntas menos terrenales y refrescarlas con fluidos oníricos.

—Nosotros luchamos contra la estulticia, contra los catecismos y contra el poder establecido. —El Panocha, siempre tan efusivo.

Nos han propuesto organizar nuestras tertulias en público, en algún medio local. Nos negamos de pleno y Salvador ha gritado con razón una frase que todos firmaríamos ante notario si fuese necesarios.
—¡No somos tertulianos, somos adictos a discusiones de profundidades antojadizas!

Y es que una vez apareció un amigo de Pedrito que quería debatir sobre problemas sociales de actualidad, le dimos una cantimplora para el viaje y lo mandamos a la mierda, porque eso que algunos llaman la realidad no nos interesa.

Las preguntas y las ocurrencias resultantes de algunas jornadas del grupo de discutidores impertinentes, las escribe Ana en un cuaderno desde hace un año. Os transcribo algunas de las más habituales:

  • ¿Huele a azufre Lucifer? Mi abuelo aseguraba que, las marquesas saben a mortadela recalentada y que ese era el perfume del demonio.
  • ¿Por qué cojones soñando somos generosos y viviendo somos tacaños?
  • ¿Qué estarías dispuesto a sacrificar por la inmortalidad o por vivir 150 años?
  • ¿Quién prefieres que gobierne el mundo, las máquinas con sus algoritmos o los orangutanes? Ese día, recuerdo que estábamos todos de acuerdo: los orangutanes se adueñarán del mundo después de que las máquinas nos destruyan.
  • Si la pureza del alma se pudiera visualizar en un escáner, ¿estaríais dispuesto a someterte a limpieza y desinfección para poder llegar al cielo? Dice Concha que de existir el alma será como el culo, redonda agujereada y peluda. En eso no estaba de acuerdo casi nadie, pero lo dimos por bueno.
  • ¿Existirán los pensamientos secretos en el 2050? Yo creo que los cerebros de los humanos se volverán transparentes y nadie se atreverá a pensar.
  • ¿Debería ser obligatorio que los padres amamantes con pechos implantados?
  • ¿Se inventaron las máquinas para servirnos o nacimos para servir a las máquinas?
  • ¿Serán los escarabajos el alimento preferido de nuestros nietos?
  • ¿Y si Dios existiera y estuviera descojonándose de risa al ver cómo su obra magna se autodestruye?
  • ¿Y si no somos los humanos la obra suprema y solo somos un accidente calamitoso? «Dios no existe», aseguró Salvador e inmediatamente nos liamos a discutir sobre el asunto porque es nuestro tema preferido. En ese momento, el cielo se nubló, sonó un trueno ensordecedor, después apareció un rayo luminoso alumbrando el campo y los cerros y yo aclaré que esa era la señal inequívoca de que el Todopoderoso nos había mandado una advertencia.

El domingo pasado trajo Salvador a un nieto suyo que parecía Séneca por la manera tan erudita de hablar y entendía las ironías con tanta facilidad que no parecía ni yeclano ni español. Y mirándome fijamente me preguntó:
—¿Eres el que eres o el que dices ser?

Todavía lo estoy pensando, pero para no parecer indeciso frente al mocoso, le respondí que yo soy yo; él me replicó que el yo no existe, que es una invención del sistema dominante.

Lo nombramos miembro insigne de nuestro grupo, pero el tío siguió y remató con una frase lapidaria:

—Las palabras son aire adornado y la materia está en continua transformación. Y, por cierto, reniego de vuestro ofrecimiento porque no me gusta debatir con viejales.

Salvador le dio un pescozón y todos aplaudimos.


Relatos de Teo Carpena

Teo Carpena
Historias y leyendas de un hombre y su perro, que busca en los recuerdos su identidad. Teo Carpena emigró con su familia a Francia, después de la jubilación vuelve a Yecla y junto a varios amigos recompone su historia. Contacta conmigo en teocarpena@yahoo.es
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2 Comentarios

  1. El infierno está aquí en la Tierra. Los que lo padecen no es porque hayan pecado, mi mucho ni poco; son los excluidos, los oprimidos. Al otro lado están los que acaparan, excluyen. Estos viven mejor, no sé si les importa el cielo o el infierno.

  2. Lo tengo claro. Mejor el infierno. Ahora con la subida del gas por culpa del «cafre» de Putin, el infierno tiene una temperatura de 19 grados aconsejada por el Gobierno de España. Ni gas ni carbón utilizan por aquellos del CO2 solo leña que es más sostenible. Tampoco hay centrales nucleares.
    Tengo referencia de que en el infierno todos los miércoles hacen gachasmigas, el sábado paella, el domingo pelotas… ya el lunes unos fideos. Todo guisado con leña que las comidas salen más gustosas.
    En cambio en el cielo, para «cuatro que son» no hacen comida de caliente.
    Teo, esto a la gente joven no se lo digas, que elijan el cielo.

Teo Carpena
Historias y leyendas de un hombre y su perro, que busca en los recuerdos su identidad. Teo Carpena emigró con su familia a Francia, después de la jubilación vuelve a Yecla y junto a varios amigos recompone su historia. Contacta conmigo en teocarpena@yahoo.es
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