domingo 17 octubre 2021

El Gala y nuestros primeros encuentros

Concha Ortega
Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación.

Siempre que me enfrento a una página en blanco siento una especie de vértigo, un vacío en el estómago y no porque tema no saber qué contar, o si lo que contaré tendrá algún interés para alguien, que también, sino porque tratándose de relatos tan cercanos a mí, a mis seres queridos, a mis recuerdos más personales, a mi amado pueblo, al final puedo acabar descubriendo retazos de mí misma y de mi mundo más íntimo que desconocía y que mejor estaban durmiendo en un rincón oscuro de mi mente.

Ese revoltijo de recuerdos desordenados, de sensaciones, de sentimientos dormidos, recobran vida en el mismo instante en el que me dispongo a escribir sobre ellos, y me sorprende cuánto puede dar de sí lo que en un principio nos parecía banal, intrascendente o vacío.

Pero para eso estamos nosotros, para dar sentido a lo que no parece tenerlo, para dar significado a lo insignificante. Mucho más se altera la lava adormecida en mi interior, si de lo que me propongo hablar trata de cómo conocí a aquel chico de veintipocos años que un día paso por mi lado y se quedó para siempre.

Eran los años ochenta, y recuerdo, como si fuera ayer, el primer día en que me fijé en él; no el primero que lo vi, pues es bien diferente ver, que fijarse en algo o en alguien.

Cuando hemos hablado alguna vez de cómo nos conocimos, siempre me dice que él se fijó en mí mucho antes que yo en él; es posible, pero yo pienso que lo dice para halagarme. Me suele contar que me vio un día en la discoteca, supongo que sería en la Mannix, que no dejaba de seguirme con la mirada allá a donde fuera, que tan pronto me perdía entre la gente, como volvía a aparecer entre las luces y las sombras intermitentes.

Que no dejaba de pensar: “En cuanto lleguen las lentas la saco a bailar”, pero que cuando ya iba encaminado hacia mí con el corazón en un puño y las piernas temblorosas, otro se le adelantó y no tuvo más remedio que retroceder disimulando al rincón de los perdedores, ese lugar que llevan los hombres tan mal. Yo estoy segura de que exagera, y que si no fui yo la que bailó con él aquella noche, sería otra, aunque me lo niegue para hacerme sentir culpable.

Seguramente, en ocasiones como aquella lo veía, es cierto, pero no me fijaba en él. Sin embargo, algo ocurrió una otoñal y desapacible tarde de sábado, de aquellas que, por el cambio climático, parecen historia. El viento me empujaba con fuerza cuesta abajo por la calle de San Francisco, despeinando la larga melena que lucía entonces, arrepintiéndome de haberme puesto una minifalda tan corta y unas medias con encajes que apenas abrigaban. Con aquella imagen ochentera de las protagonistas de “Buscando a Susan desesperadamente”, llegué a El Gala, aquel café tan bello del que una vez tuvimos la suerte de disfrutar en Yecla.

Había quedado con una amiga. Entré y me asomé a los señoriales y elegantes salones buscándola y como no la encontré, opté por dirigirme a la zona del patio cubierto, situada al fondo del local. Solo había una mesa ocupada, así que elegí otra cualquiera desde la que se me viera bien desde arriba para que mi amiga me encontrara. Al momento, se acercó un camarero, no era ninguno de los dueños, ni Pepa ni Toni, a los que conocía. Es cierto que él tampoco me era extraño, como nos ocurre con casi todos los del pueblo que tenemos una edad parecida; pero en aquella ocasión, lo miré con detenimiento: me fijé en él.

—Hola, ¿te traigo algo? —dijo con simpatía y timidez a la vez, después de haber servido la mesa contigua a la mía.
Tenía una sonrisa agradable y unos ojos bonitos y tristes. Vestía una camiseta de manga corta y unos pantalones vaqueros. Era muy delgado y sus manos inquietas sujetaban la bandeja redonda de acero.
—Pues he quedado con una amiga, no sé si esperar a que venga. Bueno mejor ponme un café solo, no vaya a ser que tarde —me decidí.
—Enseguida —contestó, antes de marcharse igual de sonriente.

A los cinco minutos, a ritmo se swing, volvió con el café humeante en el centro de la bandeja y una pequeña chocolatina de regalo en el plato.

Un detalle del Gala | Facebook
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—No sabía que trabajabas aquí —dije antes de que volviera a marcharse, como si de verdad supiera que antes no lo hacía.
—Sí, solo los fines de semana, el resto de la semana tengo otro trabajo.
—¡Guay! —respondí en un derroche de jerga ochentera—. Pero eso es trabajar demasiado —añadí.
—Que se le va a hacer, así nunca me aburro –rio—. No te había visto antes por aquí.
—No, la verdad es que no vengo mucho, solo de vez en cuando, aunque me gusta. A mis amigos este sitio les parece elitista, nosotros somos más de taberna cutre, de esas en las que los viejos juegan al dominó y beben coñac con el café o chatos de vino, y miran a las chicas con descaro y parecen decirles, “vaya fresca, pobre del que se case contigo”.
—Entiendo —se congratuló conmigo.

En ese momento llegó mi amiga, le preguntó qué quería y se alejó para traérselo, dejándonos solas. Cuando nos marchamos, no conseguí encontrarlo para despedirme.

Al siguiente fin de semana convencí a mis amigas para volver al Gala más tarde, cuando había más ambiente. Lo vi en la barra y, entonces sí nos saludamos. Si conseguía que nos quedáramos hasta la hora de cerrar, igual se apuntaba a dar una vuelta con nosotras, pensé, pero mis amigas se cansaron pronto, querían ir a la Metro y nos marchamos.

Hubieron varios intentos similares en las que lo vi hacer de casi todo, incluso encargarse de la música —así fue como pude apreciar su buen gusto musical, o al menos que coincidía con él mío—. Cuando le dije que me gustaba lo que escuchaba, me prometió que me grabaría una cinta con las mejores canciones del momento. No fue solo una cinta, después de la primera vinieron muchas más que todavía las conservo en alguna caja por el trastero.

Siempre he pensado que con la música, en ocasiones, somos capaces de trasmitir mejor lo que sentimos que con las palabras, y si no mejor, sí al menos de manera más sencilla e inmediata. Aquellas canciones me evocaban muchas sensaciones, cada cual más intensa; fue la banda sonora con la que nos enamoramos y eso no tiene precio. Ahora cuando las vuelvo a escuchar me resulta muy sencillo recuperar todo aquello que sentía entonces, pero ahora vienen acompañadas de una hermosa nostalgia.

—¿A dónde vais después? En media hora acabo —dijo, al fin, uno de aquellos días cuando nos vio salir.
—A la Mannix, creo.
—Luego subo —respondió, guiñándome un ojo.
—Guay —volví a decir, con una sonrisa de oreja a oreja.

Al poco apareció. Iba solo. Lo vi entrar y dirigirse a la barra, pidió algo, y desde allí me buscó con la mirada. Cuando me vio, levantó la mano sonriente. Al rato, se acercó a la pista, se quedó un rato con nosotras bailando, o medio bailando, porque bailarín, bailarín nunca ha sido. Después me invitó a dar un paseo por las calles desiertas del pueblo a esas horas de la madrugada. Hablamos mucho, como si hubiéramos estado acumulando miles de historias durante siglos hasta el instante de conocernos. Lo hacíamos apenas susurrando para no romper el silencio de la noche y no provocar la ira de algún parroquiano por despertarlo. Cuando me acompañó a casa empezaba a amanecer y montones de gorriones ponían la música de fondo.

Lo que vino después fue un tiempo de idas y venidas, de encuentros y algún que otro desencuentro, música, fiesta, momentos íntimos, besos en la oscuridad y mucha, mucha química.
Salvador ya no es aquel chico delgado y de discreto tupe que conocí hace más de treinta años. Ha perdido algo de pelo y ganado cintura, esto último a la par que yo, pero sigue teniendo los mismos ojos bonitos y tristes que un día me cautivaron, la misma grata sonrisa y si me concentro solo un poco, vuelvo a ver al joven del que un día me enamoré y doy gracias al destino que nos unió aquella fría y ventosa tarde de otoño en aquel hermoso lugar que era El Gala, mientras Have I told you lately de Van Morrison, sonaba por los altavoces.


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Concha Ortega
Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación.
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4 Comentarios

  1. Por lo que leo tenemos muchas cosas en común: compartimos década de llegada a este mundo, el Gala también fue escenario de mis enamoramientos (en mi caso de varios) y en mis oídos sigue sonando la voz desgarrada y potente de Van Morrison.
    Excelente relato.

  2. Muchísimas gracias Concha, no se si nos conocemos pero por la franja de edad , casi seguro que si. Me emocionó tu relato, lo encuentro entrañable y precioso y me vi como en una película pasando las escenas también de una parte de mi vida.
    Muchas gracias.

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