Equidistancia y vinos

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equidistancia y vinos
Foto: Juan Miguel Ortuño

Cuando ha llegado esta mañana Salvador, me ha pillado en plena faena: estaba desempaquetando unas botellas de vino que me envía un amigo distribuidor. Tres botellas de Rioja, un Vega Sicilia, cuatro botellas de Ribera del Duero, dos de Valdepeñas, cuatro de Rías Baixas, cinco botellas de Limoux y dos de Jumilla.

Dice Salvador que soy díscolo con el tema del vino, disperso con el paladar y equidistante con la política, porque nunca tomo partido.

Suelto una carcajada y él me mira sorprendido sin entender nada. Yo sé bien por qué me río. Una cosa es tomar partido y otra muy distinta es tomar carné.

—Abre esta botella de vino de Jumilla, que voy a cortar un poco de queso francés y te explico.

—¿Vamos a beber vino de Jumilla?

—No, vamos a beber vino bueno —y me río para mis adentros.

—No me provoque Teodoro, que un yeclano nunca bebe vino de los vecinos.

—No seas torpe Salvador, hay que saber saborear las cosas buenas y dejarse de tonterías. Y otra cosa, no sé si seré equidistante o no, eso no me preocupa; pero creo en muy pocas cosas. Como dijo el poeta León Felipe: “…que la cuna del hombre la mecen con cuentos”. No confío en los políticos, no le doy jamás la espalda a un abogado, a los banqueros solo los quiero ver de frente y a distancia, y desconfío siempre de los que hablan de salvar la vida de la gente necesitada. ¡Ah! y si llevan sotana desconfío totalmente. Solo me encomiendo a mis amigos y solo creo en la familia, en los alfareros y en el caos del universo. Bueno, también creo en Dios a la manera en la que creen los panteístas.

—En el tema de las creencias no entro, pero si usted pone al mismo nivel a la izquierda que a la derecha, es un equidistante.

—No Salvador, no los pongo en ningún lugar, simplemente me importan un comino las izquierdas y las derechas. Los problemas que arrastramos van mas allá de esa división que casi siempre es falsa. Todas las formas de Estado y todas las formas de gobierno manejan fórmulas de dominio y de manipulación; no soporto a los dogmáticos en política, porque eso los convierte en religiosos.

—¿Es usted anarquista?

—Que empeño tenéis en definir siempre a los semejantes, eso lo hacían muy bien los seminaristas y las señoras de Acción Católica. Perdona el exabrupto, amigo Salvador, pero lo que define a la personas son sus comportamientos y su actitud ante la vida. A veces, en los actos más cotidianos e inconscientes es donde mejor quedamos retratados. —Mi amigo pone cara de escéptico.

—Está bueno este vino —señala mientras se relame el bigote.

—Ya te he dicho que en Jumilla hacen un vino estupendo.

—Y en Yecla también —añade Salvador.

—No lo niego, pero el de Jumilla me parece fabuloso. Afirmar una cosa no es anular la otra. Si yo digo que no me gusta cómo juega el Barcelona, no quiere decir que me guste el juego del Real Madrid.

—No disimule, que yo sé que usted es del Atlético, que habla ya como Simeone.

—A mí, lo que me gusta es el fútbol.

—Pues no entiendo entonces cómo no le gusta el Barça. ¿Y Ansu Fati, qué?

—Ese chico es un prodigio y tenéis demasiada suerte, pero a mí me gusta lo que me gusta, y de los políticos españoles solo me gusta uno y no te voy a decir quién es.

—Creo que sé quién es, creo que es una mujer y que Saturno y usted se quedan embobados cada vez que aparece en la tele.

—Deja de hablar, paladea y disfruta del buen vino jumillano.

—Se pone usted muy serio cuando habla de política —me contesta Salvador.

—Es posible. ¿Por cierto te he dicho alguna vez que en una época de mi vida mis amigos me apodaban ‘el jardinero de la risa’?

—No me extraña, seguro que era cuando cultivaba esas plantas que usted y yo sabemos.

—Calla bribón, que no se entere nadie. Eran plantas medicinales.

—Pero a mí, lo que me interesa saber es si es usted equidistante o no.

—¡Que no Salvador, que no! Mira lo que dice el diccionario: Equidistante [actitud] Que es equilibrada y no se inclina ante las partes de un conflicto. Yo lo que soy es disidente, no me gusta seguir la corriente a los gobernantes y lo que me molesta es la confrontación dialéctica improductiva y llena de exabruptos dando la espalda a los problemas reales. Mejor hablemos de jardinería o de sexo.

—Ah rufián, ¡cómo le gusta la botánica y la mandanga!

—Ni se te ocurra llamarme rufián; me salen sarpullidos solo con escuchar esa palabra.

—Perdone ustez —me dice Salvador con sorna y con z—. Ya que quiere que ajuste bien las palabras le diré lo que pienso: por culpa del aire de nuestro pueblo se ha hecho usted un poco levantisco  —y al decir esa palabra se ríe con ganas y de manera contagiosa.

Y así, entre risa y risa hemos vaciado la botella de Jumilla. Propongo entonces abrir un Valdepeñas, pues como estamos contentos, hace un viento incómodo y no tenemos ganas de trabajar, vamos a aprovechar el día para hacer cosas tan productivas como darle al buen tintorro.

—Y esta exquisitez de vino lo vamos a acompañar con un jamoncito que tengo aquí para compartir con los amigos.

¡Joder! ha sido nombrar el jamón y aparece Saturno moviendo el rabo. Y al momento escuchamos al Panocha desde el porche.

—¡Ah de la casa! ¡Viva la República!

—Bueno, el que faltaba para el duro —dice Salvador—.  Prepare otra botella que este bebe vino como si fuera agua.

—Pues le tendremos que dar vino de Yecla, que los republicanos tienen el paladar atrofiado y un gusto pésimo…

—Teodorooooo, no me provoque…


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3 COMENTARIOS

  1. Para el poco tiempo que lleva Teo por estos lares, demasiado de Yecla sabe.
    Y sabe cómo «meter el dedico en la llaga». Me gusta. Personaje real, o ficticio. That is the question.

  2. Teo me has hecho el lío. Equidistante, tomo, no tomo partido…Uf.
    Friedrich Hebbel, dramaturgo, dijo: «vivir significa tomar partido»
    Gramsci, «odio a los indiferentes»
    Sólo me queda claro que el vino de Jumilla está en tus preferencias.
    Es respetable.
    Me fío más de la D.O. vinos Yecla.

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