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domingo, junio 21, 2026 🌻
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Los viajes imaginarios

A Daniel Martín, el Chapas, no le gusta viajar; dice que está sobrevalorado y que es una pérdida de tiempo y de dinero. Ha realizado tres excursiones reales en su vida: una a Caudete para robar en una gasolinera; otra vez a Alicante a ver amanecer con un coche robado, y la tercera a Almansa para visitar a una amiga alemana a la que había conocido por internet. Tiene cuarenta y cinco años y no ha ejercido ningún oficio durante más de tres semanas. Es un lector voraz; dice que el mundo exterior carece de importancia, lee de prestado, ha robado más de trescientos libros en tiendas, bibliotecas o casas particulares, y sabe que los robos de libros casi nadie los denuncia.

Almacena en grandes carpetas una colección impresionante de mapas antiguos.

«En sueños y sin necesidad de estímulos químicos, he viajado a los rincones más misteriosos del planeta». La primera vez que me dijo esta frase estábamos celebrando nuestra mayoría de edad, apurábamos un canuto de mariguana y nos tomábamos una litrona en el cerro del castillo.

El Chapas posee una imaginación desbordante. El mundo lo conoce a través de sus mapas o de guías de viajes. Heredó de sus padres una vieja casa con corral, muchas macetas y un perro peludo y feo. En su casa organiza sesiones de viajes imaginarios con sus colegas, unos alucinados que tampoco han viajado, pero disfrutan de los relatos de Daniel fumando tabaco liado y tomando chupitos de cantueso Oro.

Ayer asistí como invitado a una de sus sesiones y comprobé con asombro cómo describía Venecia: hablaba del Puente de los Suspiros cerrando los ojos y llevando su mano derecha al pecho, y relataba cómo las princesas de toda Europa lucían sus cuerpos desnudos en las playas del Lido.

«Los campanarios de Venecia y sus islas adyacentes hacen sonar sus campanas al unísono a la hora del ángelus y los gondoleros susurran un Ave María mientras miran al cielo». Hizo un silencio teatral para que imaginásemos el sonido de los campanarios y aseguró que el espíritu de Canaletto, disfrazado de gondolero, transita cada noche por el Gran Canal.

Lo más sorprendente fue cuando contó que había buceado alrededor de la isla de Murano rodeado de sirenas de una belleza singular:

«Son de belleza cristalina, frágiles y casi transparentes». Todos escuchaban boquiabiertos, incluido yo.

—¿Son rubias las sirenas de Murano? —preguntó uno al que llamaban el Chino.

—No, son morenas como Mónica Bellucci.

Y el Chino volvió a preguntar:

—¿Por qué no nos pones imágenes de Venecia o de las sirenas?

—Las imágenes tenéis que crearlas vosotros en vuestra imaginación. Los canales, los palacios, las mujeres y, sobre todo, las sirenas son diferentes para cada uno; cada cual tiene un modelo de belleza —siguió con su relato.

—¿Toda Italia está inundada de agua? —volvió a preguntar el de antes.

—No, solo Venecia. Y cierra los ojos y déjate llevar. ¿No has visto nunca la cara de Mónica Bellucci?

—No —contestó el Chino.

—¡Pobre infeliz! Es una morena de boca sensual, de mirada intensa, de pechos turgentes y caderas bamboleantes, pero cierra tus ojos, cabezón, y dibújala en tu mente.

—Es que no sé dibujar de cabeza.

—¡A la puta calle! Aquí no tienen cabida los torpes de imaginación.

Y lo echó a la calle.

Aprovechando el revuelo y la pausa, cambió de ciudad: habló de Roma y describía las calles de la capital del Imperio, las casas de baño, el teatro y, al nombrar el Coliseo, hizo un gesto con las manos como abrazando el cielo y describió con detalles hiperrealistas su arquitectura, como si estuviese recién inaugurado, con el rugido de las fieras, el griterío de los ciudadanos y el sonido de las espadas chocando mientras los gladiadores luchaban.

«Roma huele a piedra, a humo y a sangre». Lo dijo con tanta solemnidad, como si estuviésemos en la época del mandato del emperador Adriano. A este emperador sí que le ponían cara todos, porque habían visto su busto en el Museo Arqueológico local.

Organizó un recorrido imaginario por las calles romanas subidos en carretones tirados por caballos, y todos los de su pandilla notaban el traqueteo en sus nalgas y creyeron que la Roma actual sigue siendo como hace dos mil años.

Describió a la Guardia Pretoriana como los guerreros más valientes de todos los tiempos.

Y todos imaginaron a los romanos de cornetas y tambores de las procesiones de Semana Santa en Yecla, y yo cerré los ojos y vi a mi amigo Paco con su escudo de hojalata y su casco rematado con plumas verdes desfilando por la calle España al frente de su comparsa.

Vicente Chumilla
Vicente Chumilla
Pintor y grabador yeclano. Colaborador de elperiodicodeyecla.com con artículos sobre Yecla o temas relacionados con el arte y su localidad natal.

A Daniel Martín, el Chapas, no le gusta viajar; dice que está sobrevalorado y que es una pérdida de tiempo y de dinero. Ha realizado tres excursiones reales en su vida: una a Caudete para robar en una gasolinera; otra vez a Alicante a ver amanecer con un coche robado, y la tercera a Almansa para visitar a una amiga alemana a la que había conocido por internet. Tiene cuarenta y cinco años y no ha ejercido ningún oficio durante más de tres semanas. Es un lector voraz; dice que el mundo exterior carece de importancia, lee de prestado, ha robado más de trescientos libros en tiendas, bibliotecas o casas particulares, y sabe que los robos de libros casi nadie los denuncia.

Almacena en grandes carpetas una colección impresionante de mapas antiguos.

«En sueños y sin necesidad de estímulos químicos, he viajado a los rincones más misteriosos del planeta». La primera vez que me dijo esta frase estábamos celebrando nuestra mayoría de edad, apurábamos un canuto de mariguana y nos tomábamos una litrona en el cerro del castillo.

El Chapas posee una imaginación desbordante. El mundo lo conoce a través de sus mapas o de guías de viajes. Heredó de sus padres una vieja casa con corral, muchas macetas y un perro peludo y feo. En su casa organiza sesiones de viajes imaginarios con sus colegas, unos alucinados que tampoco han viajado, pero disfrutan de los relatos de Daniel fumando tabaco liado y tomando chupitos de cantueso Oro.

Ayer asistí como invitado a una de sus sesiones y comprobé con asombro cómo describía Venecia: hablaba del Puente de los Suspiros cerrando los ojos y llevando su mano derecha al pecho, y relataba cómo las princesas de toda Europa lucían sus cuerpos desnudos en las playas del Lido.

«Los campanarios de Venecia y sus islas adyacentes hacen sonar sus campanas al unísono a la hora del ángelus y los gondoleros susurran un Ave María mientras miran al cielo». Hizo un silencio teatral para que imaginásemos el sonido de los campanarios y aseguró que el espíritu de Canaletto, disfrazado de gondolero, transita cada noche por el Gran Canal.

Lo más sorprendente fue cuando contó que había buceado alrededor de la isla de Murano rodeado de sirenas de una belleza singular:

«Son de belleza cristalina, frágiles y casi transparentes». Todos escuchaban boquiabiertos, incluido yo.

—¿Son rubias las sirenas de Murano? —preguntó uno al que llamaban el Chino.

—No, son morenas como Mónica Bellucci.

Y el Chino volvió a preguntar:

—¿Por qué no nos pones imágenes de Venecia o de las sirenas?

—Las imágenes tenéis que crearlas vosotros en vuestra imaginación. Los canales, los palacios, las mujeres y, sobre todo, las sirenas son diferentes para cada uno; cada cual tiene un modelo de belleza —siguió con su relato.

—¿Toda Italia está inundada de agua? —volvió a preguntar el de antes.

—No, solo Venecia. Y cierra los ojos y déjate llevar. ¿No has visto nunca la cara de Mónica Bellucci?

—No —contestó el Chino.

—¡Pobre infeliz! Es una morena de boca sensual, de mirada intensa, de pechos turgentes y caderas bamboleantes, pero cierra tus ojos, cabezón, y dibújala en tu mente.

—Es que no sé dibujar de cabeza.

—¡A la puta calle! Aquí no tienen cabida los torpes de imaginación.

Y lo echó a la calle.

Aprovechando el revuelo y la pausa, cambió de ciudad: habló de Roma y describía las calles de la capital del Imperio, las casas de baño, el teatro y, al nombrar el Coliseo, hizo un gesto con las manos como abrazando el cielo y describió con detalles hiperrealistas su arquitectura, como si estuviese recién inaugurado, con el rugido de las fieras, el griterío de los ciudadanos y el sonido de las espadas chocando mientras los gladiadores luchaban.

«Roma huele a piedra, a humo y a sangre». Lo dijo con tanta solemnidad, como si estuviésemos en la época del mandato del emperador Adriano. A este emperador sí que le ponían cara todos, porque habían visto su busto en el Museo Arqueológico local.

Organizó un recorrido imaginario por las calles romanas subidos en carretones tirados por caballos, y todos los de su pandilla notaban el traqueteo en sus nalgas y creyeron que la Roma actual sigue siendo como hace dos mil años.

Describió a la Guardia Pretoriana como los guerreros más valientes de todos los tiempos.

Y todos imaginaron a los romanos de cornetas y tambores de las procesiones de Semana Santa en Yecla, y yo cerré los ojos y vi a mi amigo Paco con su escudo de hojalata y su casco rematado con plumas verdes desfilando por la calle España al frente de su comparsa.

Vicente Chumilla
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Pintor y grabador yeclano. Colaborador de elperiodicodeyecla.com con artículos sobre Yecla o temas relacionados con el arte y su localidad natal.
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